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LUCÍA RONDA
Domingo, 20 de diciembre 2009, 10:47
Llíber es tierra de viñas. Bordeada por el río Gorgos ha basado su economía hasta hace unos años en la producción de vino, sobre todo moscatel, y almendras. Su población, que esta semana ha visto sacudida su habitual tranquilidad por el desmantelamiento de una presunta trama de corrupción urbanística que se ha saldado con 16 detenidos o imputados, se disparó a finales de los años 90 con el boom del ladrillo. En poco tiempo pasó de 350 habitantes a un millar, la mayoría extranjeros.
El crecimiento demográfico al olor del urbanismo, sin embargo, no ha estado acompañado de inversiones en infraestructuras para dar servicio a los nuevos vecinos, no hay grandes urbanizaciones que integren los numerosos chalés de lujo. La única consecuencia directa de la inmigración es que se ha pasado de tres a más de 40 niños, lo que ha evitado el cierre de la pequeña escuela, cuentan en la localidad.
'Riurraus' y cepas flanquean las callejuelas empedradas del casco urbano de Llíber en las que aún hay tiendas de ultramarinos, mientras los chalés se pierden entre las partidas rurales del valle formado entre las sierras de Bèrnia y del Castell de la Solana. Para llegar a ellos, caminos polvorientos o badenes que sortean el lecho de un río que, por suerte, baja seco casi siempre.
Los tejados de muchas de las casas tienen placas solares, un signo que podría hacer pensar en la concienciación ecológica de sus propietarios. Sin embargo, detrás de estas láminas que absorben la energía del sol que siempre brilla en Alicante se esconde uno de los rasgos comunes en casi 300 casas: no tienen posibilidad de contratar con una compañía eléctrica porque son totalmente irregulares. Las tomas de agua, algunas compartidas, brotan entre los arbustos como otra muestra de la precariedad en servicios básicos de mansiones valoradas en varios cientos de miles de euros.
Británicos y alemanes no se mezclan mucho con los lliberanos. Bajan a comprar a Xaló o Benissa, donde hay supermercados en los que pagar con tarjeta y no importa su falta de dominio del idioma. Disfrutan paseando sus perros o practicando senderismo. Todavía no han dado el salto a la política como en otros municipios de la Marina Alta. Y eso que porcentualmente son tan numerosos (el 63% del censo) que se asegurarían representación en el Consistorio.
Algunos confiesan no tener buena opinión de los españoles, porque se han sentido solos y desamparados desde su llegada a la Comunitat Valenciana, cuando se convirtieron en víctimas de una gran estafa inmobiliaria que condiciona su vida diaria. No pueden firmar un contrato de suministro ni de agua potable, tampoco huir. La venta de sus casas, en algunos casos sin las escrituras en regla y en todos sin cédula de habitabilidad, les deja atrapados en Llíber, pueblo donde conviven con quienes se han enriquecido ilegalmente a su costa.
Pocos son los vecinos de a pie que han ganado con la llegada de centenares de extranjeros. Quienes vendieron sus tierras por casi diez veces su valor agrícola, los que trabajaron de albañiles en las obras y los bares del pueblo en los que atendían con menú diario a los asalariados foráneos. Ahora quedan los problemas: 600 personas con casas ilegales y un Ayuntamiento que se las ve y desea para dar solución a esta situación.
A sólo un kilómetro y medio de Llíber y también en la Vall del Pop se halla Xaló. Algunos agricultores venden naranjas junto a la carretera como signo residual de la agricultura que un día fue pilar económico. Los residentes británicos también rozan la mitad del censo. 1.600 de los 3.300 xaloneros hablan inglés y, en su mayoría, viven ajenos a la actividad del pueblo resguardados en las tres urbanizaciones existentes, una aún por terminar. El colegio tendrá que ampliarse.
Su alcalde, Jaume Castells, asume que sus convecinos llegaron sólo en busca de sol y porque los precios eran baratos. «Viven su vida, bajan a comprar, pero no están integrados. Muchos son jubilados y van a otro ritmo», dice Castells.
En Xaló sí se nota algo de progreso: en los últimos años abrieron ocho entidades bancarias (ahora ultiman su cierre dos) y un supermercado. También tiene un tejido comercial que apostó por el turismo rural. Hay 40 locales entre bares y restaurantes, tiendas, pastelerías muy conocidas y sus dos negocios estrella: las bodegas que surten a media comarca y las carnicerías que venden su afamado embutido.
«Está claro que hay negocios que viven de los extranjeros, pero para nosotros es mucho más rentable el visitante de paso», confirma el alcalde. Cada sábado pasan 3.000 personas por Xaló atraídas por su renombrado rastro. Castells tiene claro que el turismo tiene más peso económico que la construcción. «Yo me he encontrado con tres urbanizaciones hechas que, la verdad, no me gustan. Son como otros pueblos, están hechas para gente de fuera y van a su aire. Los extranjeros que vinieron para integrarse han comprado las casas en el pueblo, esos sí que hablan castellano y van a las fiestas», resume.
Apostó por la construcción (ahora se descubre que ilegal) como pilar económico. Durante años, las obras dieron trabajo a algunos vecinos del pueblo y a los comercios. Pero deja atrás un extrarradio sin infraestructuras, donde las viviendas carecen de los servicios básicos y un desbarajuste difícil de legalizar.
Cree que Llíber debe mantener su sabor tradicional y el paisaje rural para presentar batalla al turismo de playa. Con las subvenciones pretende restaurar el empedrado que tapiza las calles del pueblo. Intenta que los extranjeros se intengren aunque confiesa que, de momento, ha fracasado.
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