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JAVIER FALOMIR
Viernes, 15 de enero 2010, 02:27
La voz dulce y pausada de Larisa apenas deja percibir un suave acento extranjero. Y eso que sólo hace tres años y dos meses que se instaló en Valencia y empezó a aprender el castellano. «En mi país hablamos rumano y ruso, que son lenguas oficiales. También hablo checo porque estuve becada en la Universidad Técnica de Praga durante 13 meses, pero aquí tuve que defenderme en inglés al principio».
Moldavia perteneció a la URSS hasta 1990. Larisa, nacida en el 79, afirma haber conocido tres épocas distintas en su país. «Mis recuerdos de infancia son del régimen comunista, cuando la vida era ordenada, había un aparente perfeccionismo, las ciudades estaban cuidadas y cada cosa en sus sitio. Era una vida con poca posibilidad de elección pero en la que no faltaba lo básico y todo el mundo tenía trabajo».
No habla con nostalgia de esa época en la que se vivía con 'normas' («había un mínimo laboral diario, premios al mejor trabajador, al mejor estudiante...») pero reconoce que lo que vino después fue el caos. «Nos declaramos independientes de Moscú y al despertarnos nos dimos cuenta de que no había nada, ni tesoro ni tesorería. Las empresas cerraron porque los directivos eran rusos -la colonización económica y cultural rusa era absoluta- y la gente se quedó en la calle. Había que vivir de ayudas externas, de la caridad o incluso de pequeños robos. Fueron años terribles que coincidieron con mi ingreso en la Escuela Técnica».
La familia de Larisa, como la mayoría, lo pasó mal. «Éramos tres hermanos y mi padre se tuvo que ir a Moscú a trabajar para poder enviar algo de dinero. Yo obtuve una beca para seguir estudiando pero no me pagaban la residencia. Había días, hacia el final del curso, en los que recuerdo que no tenía qué comer».
La tercera etapa coincide con sus estudios universitarios de ingeniería en Chisinau, capital del país. «La situación económica ya había mejorado bastante. Seguí estudiando con beca, pese a que sólo se concedía a un 15% de los estudiantes. Pero hasta pude realizar algún trabajo como repartir el correo de organismos culturales para ganar algo de dinero».
Ya licenciada, en 2004, se fue de profesora a Praga, y en un congreso en Rumania conoció al valenciano responsable de su actual residencia. «Lo peor de mis primeros meses en Valencia fue el idioma. Incluso con mis suegros tenía que entenderme en inglés. Y lo segundo peor, la burocracia. Regularizar tus papeles aquí es una odisea. Yo lo comprendo pero habría que buscar formas de agilizarlo. Por lo demás, esta ciudad es ahora mi casa. Yo de aquí no me muevo porque estoy encantada» Además , se ha sentido muy bien acogida por sus compañeros investigadores de la Universidad Politécnica «que han tenido una paciencia infinita hasta que aprendí castellano. Ahora voy a estudiar también valenciano».
El equipo del Centro de Investigación en Tecnologías Gráficas con el que trabaja ha desarrollado un sistema de navegación para personas ciegas, un proyecto financiado por la UE del que se siente orgullosa. «También hemos desarrollado una plataforma informática para los ATS. Mi trabajo es gratificante».
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