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josé forés
Jueves, 30 de octubre 2014, 19:57
El sol y Valencia están irremediablemente ligados de por vida en cuestiones meteorológicas. No se entiende una referencia a la ciudad, en este campo, sin que el astro rey aparezca asociada a ella de alguna manera. Por eso puede chocar que los relojes solares no formen parte de su fauna urbana en mayor medida de lo que hoy en día sucede.
Según los aficionados que se dedican al estudio de estos instrumentos, son 35 los que están catalogados en el término municipal de la ciudad. Y cerca de 700 en toda la autonomía. Como apunta Isidro Girona en un artículo dedicado a la Gnomónica (ciencia vinculada al estudio del astro y la división de su trazo ), y publicado en 2005 en la revista especializada Carpe Diem , el más antiguo de estos relojes lo encontramos en la plaza de San Vicente Ferrer, popularmente conocida como la de los patos y está en la iglesia de Santo Tomás. Construida entre los años 1727 y 1736 para la orden de San Felipe Neri y en ella, cita Girona, plasmó sus ideas clasicistas el valenciano Padre Tomás Vicente Tosca, uno de los más ilustres conocedores de la materia.
Otro de los que permanecen vivos, a pesar de su edad, data de 1895, es el que está en la fachada sur de la Casa dels Bous, en el marítimo barrio del Cabanyal, junto a la antigua lonja de los pescadores. Catalogado como vertical, su estado de conservación es idóneo y su tamaño permite recrearse en su vista. Todo lo contrario del situado en la catedral de Valencia. Apenas perceptible y en peligro de desvanecerse por completo, este desconocido se ubica en la parte suroeste, junto a la puerta de los Apóstoles y lo único que advierte de su presencia es el gnomon.
La siguiente parada nos lleva, como no podía ser de otra manera, al Centro Meteorológico de Valencia. Allí, con aproximadamente siete décadas de vida, se ubica un reloj con numeración romana y en perfecto estado.
Más modernos aún son los que se sitúan en el centro de servicios sociales del barrio de Campanar, levantado en 1991 y el didáctico exponente que hay en el el Jardín de Astronomía, ubicado en el Umbracle de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, donde se explica cómo utilizar el aparato y las diferencias que existen entre la hora civil y la solar.
Cada reloj, dicen los expertos, es único y eso se percibe en cada instalación que se conserva. Los hay, entre otros, analemáticos, anulares, de altura o cilíndricos. Pero esta tradicional forma de medir el tiempo, tan usada por los agricultores de otros siglos y que perdió su fuelle con la llegada del ferrocarril y de otras modernidades, lucha por no quedar en el olvido en vertiginosos tiempos de avances tecnológicos sin desenfreno.
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