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DANIEL MUÑOZ NAVARRO
Domingo, 30 de agosto 2015, 00:15
La historia de la ciudad de Valencia está indefectiblemente unida al agua desde sus orígenes. La fundación de la ciudad romana en el lecho del río Turia, aprovechando la isla fluvial que formaban sus dos brazos da buena cuenta de ello. Pero pese a esta posición privilegiada, el abastecimiento de agua no estuvo garantizado hasta mediados del siglo XIX. El río Turia ha sido y es una fuente de múltiples riquezas para la ciudad, especialmente regando el fértil anillo de huertas que la circunda, aunque al mismo tiempo representaba una amenaza constante, fruto de las incontrolables crecidas e inundaciones que provocaba. Domesticar el agua y adaptarla a las necesidades de la sociedad valenciana ha sido un importante desafío y precisamente durante este año se conmemora un importante hito en este proceso de domesticación: el 165 aniversario de la llegada del agua potable a la ciudad de Valencia.
Esta aspiración comenzó a forjarse ya en el siglo XVIII, aunque su puesta en marcha se dilató hasta la década de 1830, con los primeros proyectos de conducción de aguas salubres promovidos por la Sociedad Económica de Amigos del País. No obstante, la primera piedra que hizo posible materializar este sueño fue la herencia del Canónigo Mariano Liñán, quien legó su patrimonio (más de 430.000 reales) a la ciudad con la única condición de que sirviera para sufragar el coste de las obras de conducción del agua. Pocos años más tarde, concretamente el 19 de noviembre de 1850, Valencia ponía en marcha este servicio en un acto público al que asistieron los prohombres de la ciudad y múltiples vecinos, el cual tuvo lugar en la plaza de Calatrava, actualmente denominada plaza del Negrito, en alusión a la figura oscurecida de un infante que corona la primera fuente pública de la ciudad.
La cuestión puede parecer baladí, pero nada más lejos de la realidad, ya que domesticar el agua era fundamental para la mejora de la vida cotidiana de las gentes y sobre todo para el control de la higiene y las epidemias que esquilmaban a la población valenciana durante este periodo. Hasta ese momento, el abastecimiento se realizaba a partir de pozos particulares, que perforaban el subsuelo de la ciudad. Un dato resulta revelador, en 1755, el padre Serrano calculaba que en Valencia existían en torno a 20.000 pozos. Obviamente, la calidad del agua extraída era muy deficiente y la transmisión de enfermedades más que frecuente.
Tengamos en cuenta la falta de un sistema de alcantarillado eficaz, la otra cara de la moneda en cuanto a cómo domesticar el agua. Las filtraciones de aguas residuales y contaminación de los pozos de abastecimientos eran frecuentes, y las acequias que recorrían la ciudad (fundamentalmente la acequia de Na Rovella) eran las encargadas de arrastrar estas aguas sucias y los desperdicios no sólo humanos, sino también industriales. Con este panorama, se entiende que el agua potable fuese una de las líneas rojas para las autoridades políticas del momento y para personajes tan influyentes en la ciudad como el Marqués de Campo, instigador principal del proyecto de creación de la Sociedad Valenciana para la conducción de las Aguas Potables, y a la postre presidente de la misma.
Sin entrar en los pormenores de la obra acometida, los cuales ya se describieron en otro artículo precedente, la conducción de aguas había de discurrir por las calles de la ciudad y a pesar de los problemas económicos que presentaba esta obra, el Ayuntamiento fijó los puntos en que debían de instalarse las primeras fuentes públicas de la ciudad.
La ya mencionada puesta en marcha del servicio se llevó a cabo el 19 de noviembre de 1850, haciéndola coincidir con el cumpleaños de la reina Isabel II y seis fueron las fuentes proyectadas, situadas en otros tantos puntos del casco histórico: las plazas de Calatrava (donde se llevó a cabo el acto solemne), Redonda y Miguelete (en la actual plaza de la Reina), del Esparto, de Santa Úrsula y en las Casas Consistoriales (desaparecidas en la actualidad y ubicadas en el entorno de la plaza de la Virgen). Los tipos de fuente elegidos no fueron únicos. Se optó por fuentes de pilón para las plazas de Santa Úrsula, Esparto y Miguelete; de tipo ornamental en la plaza Redonda y la del Negrito, mientras que la desaparecida fuente de las Casas Consistoriales era una pila aguamanil de mármol procedente de la Casa profesa de la Compañía de Jesús, que había sido adquirida para tal propósito. Las infraestructuras iniciales de suministro de agua se completaron con cuatro grifos auxiliares, cuya función era la de alimentar las bombas en caso de incendio, situados en las confluencias de diferentes calles (Quart y calle Rey don Jaime, Caballeros con la plazuela de Malferit, en el centro de la plaza de la Constitución y, por último, en el cruce entre calle del Mar y San Vicente).
A partir de este momento, y con las dificultades propias de una época tan convulsa como la segunda mitad del siglo XIX, la red de conducción de aguas potables de Valencia se fue perfeccionando, incorporando nuevos elementos de mejora del servicio, que permitieron abastecer a la gran concentración humana que representa la conurbación de la ciudad de Valencia. Sin embargo, la llegada del agua potable a las casas no interrumpió la proliferación de fuentes públicas en toda la ciudad, habida cuenta de que estos elementos arquitectónicos no cumplen únicamente una función de suministro, sino también de embellecimiento y ornato público de la ciudad. Resultaría tedioso realizar un recuento de la multitud de fuentes que se distribuyen por las plazas, calles y jardines de la ciudad de Valencia, aunque resulta interesante hacer una selección (obviamente subjetiva) de las más interesantes.
En primer lugar, distinguiremos dos fuentes conmemorativas, que reivindican a dos de las figuras clave en la puesta en marcha del servicio de aguas potables de Valencia: la del Marqués de Campo y la del canónigo Liñán, muy distintas entre sí. La primera es una espléndida obra de Mariano Benlliure, la cual se vio compensada con la medalla de oro en la Exposición Internacional de Bellas Artes de Munich de 1894, que inicialmente se ubicaba en la plaza del Ayuntamiento, frente a su fachada principal, y que desafortunadamente fue relegada en 1933 a un lugar mucho más secundario, la plaza de Cánovas. En ella, junto a la figura del Marqués de Campo, se sitúan cuatro estatuas que simbolizan las más destacadas empresas de esta ilustre figura: el ferrocarril, la navegación, el gas, y, al frente de todo ello, la caridad. La segunda, mucho más modesta y de menor valor artístico, fue colocada en 1977 junto a la Basílica de los Desamparados, en homenaje a este personaje poco recordado. La fuente está compuesta por un busto sobre pedestal, con cuatro carátulas de bronce dorado que vierten agua por la boca sobre las pilas inferiores.
El Paseo de la Alameda, lugar de ocio y esparcimiento para la nueva burguesía valenciana en el siglo XVIII y especialmente en el siglo XIX, también está jalonada por dos majestuosas fuentes de carácter monumental: la de los cuatro elementos (ubicada en el extremo este del paseo, junto a la avenida de Aragón) y la de las cuatro estaciones (junto al puente del Real). La primera fue colocada con motivo de la feria de julio de 1878, procedente de la Plaza del Mercado de Valencia donde estaba instalada desde 1852. Los cuatro niños adoptan las representaciones de los cuatro elementos según la mitología antigua: el agua, la tierra, el fuego y el aire. La segunda fue colocada en 1863, y en ella se sitúan dos platos, sostenido el primero por cuatro figuras alegóricas que representan las cuatro estaciones.
Por último, haremos referencia a la popularmente conocida como fuente de la plaza de la Virgen, en realidad denominada fuente del Tribunal de las Aguas, que si bien no tiene la carga histórica de las anteriores, es una de las más emblemáticas y visitadas de la ciudad actualmente. Inaugurada en 1976, en ella se representa el río Turia y a las ocho acequias que riegan la Huerta, evocando esta simbiosis milenaria entre Valencia y el agua, que tiene su máximo reflejo en el Tribunal de las Aguas que aún hoy se reúne todos los jueves en la Puerta de los Apóstoles de la Catedral.
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