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¿Quién es Ana Casp?

¿Quién es Ana Casp?

El premio de sus propios compañeros de colegio compensa los agravios pasados, cuando tuvo que superar numerosos obstáculos por el mero hecho de ser mujer. Nada pudo frenar a la niña que prefería las integrales a los crucigramas. Ya jubilada, ahora disfruta haciendo pulseras para sus nietas

MARÍA JOSÉ CARCHANO

Viernes, 12 de mayo 2017, 18:36

Llega a Valencia un día desapacible, más propio de su ciudad de adopción, Pamplona, para que sus compañeros del Colegio de Ingenieros Agrónomos le concedan el premio a la excelencia profesional. Ana Casp fue la primera en colegiarse, ha dirigido una veintena de tesis doctorales, tiene varias publicaciones y una dilatada carrera por la que ha tenido que luchar «con las ideas claras». A pesar de su apariencia menuda destila esa fuerza que le ha permitido no arredrarse en una época donde las mujeres ni siquiera podían tener una cuenta bancaria. Acude acompañada de su marido y está feliz porque «siempre es un placer que tus propios compañeros, incluso alumnos, te reconozcan el trabajo».

-No parece la suya una profesión donde abunden las mujeres, y menos en los años sesenta. ¿Por qué Agrónomos?

-Después de hacer el selectivo pusieron en marcha la carrera aquí en Valencia y la elegí casi por azar o por la novedad, porque entonces solamente se podía estudiar Medicina o Químicas, y ninguna de las dos me atraía especialmente. Así que probé. Y me fui metiendo cada vez más. No fue una vocación temprana, pero conforme la iba conociendo más facetas veía donde poder participar. Porque lo que yo tenía claro es que me gustaban las matemáticas. En vez de hacer crucigramas, me distraía resolviendo integrales.

-¿Tampoco fue vocación dedicarse a la docencia?

-No tenía demasiado interés al terminar, esa es la verdad. Primero entré como becaria en el Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos, donde conocí a mi marido, pero después salió la oportunidad de trabajar en una empresa privada, en la que acabaron diciendo que no querían una mujer. En ese momento empecé a pensar en la docencia.

-Vivió una época en que a las mujeres las rechazaban por el mero hecho de serlo. ¿Se sintió alguien avanzada a su tiempo?

-Quizás sí, porque incluso en la escuela, con el concurso de plazas, había compañeros a quienes no les convencía que entrara una mujer, pero al final debieron aceptarlo porque ningún hombre poseía el mismo currículum que yo. A los cuarenta días de nacer mi hija tuve que dejarla en una guardería desde las ocho de la mañana hasta las seis y media de la tarde porque sabía que si me quedaba en casa no volvería a coger el camino. Fue una elección dura, sufría y lo pasaba mal. Al cabo del tiempo se cambió la tortilla y aquellos profesores que no me aceptaban estuvieron a mi lado. Me hice valer, quizás por mi carácter.

-¿Ha enseñado a luchar a su hija?

-Ella es doctor ingeniero agrónomo y su marido también. Tiene que luchar porque trabajar con tres hijas no es fácil, aunque yo le digo a veces que es demasiado buena persona. Le hubiera gustado venir.

-Se fue a la universidad de Pamplona. ¿Cómo se adaptó a esa nueva vida?

-Muy bien, porque la gente es muy amable, aunque quizás echo de menos el clima de Valencia, el sol. Es que me siento muy valenciana, nací al lado de la estación del Norte. Pero surgió la posibilidad de entrar en una escuela nueva y allí arrastré a toda la familia.

-Usted ya está jubilada. ¿Le satisface la vida que ha llevado?

-He disfrutado muchísimo, siempre manteniendo una buena relación con los alumnos, muy cercana, y colaborando constantemente con industrias alimentarias, que nos buscaban para que les asesoráramos. A veces pienso: «Fíjate tú, llegar a tanto». Ahora me doy cuenta, en cuántas cosas me he metido, qué insensata. Pero lo he hecho a gusto. Porque nunca tuve una meta determinada, sino que iba avanzando conforme me surgían proyectos, iniciativas. Había conferencias, cursos, que me proponían y yo me preguntaba: «¿Cómo voy a salir de ésta?» Pero me decía a mí misma que lo iba a conseguir. No hay nada como pensar en positivo.

-¿A una persona tan inquieta como usted le ha costado pasar a la jubilación?

-En aquel momento estaba escribiendo dos libros y me mantuve entretenida. Además, me cansé de las historias de la universidad, cambiaron los planes de estudio y no quería saber nada, así que en ese sentido me sentí liberada porque no estoy en absoluto de acuerdo. A veces echo de menos las clases, pero como tengo tres nietas no me aburro. Cuando era joven hacía punto, un entretenimiento que no me permitía pensar en ecuaciones porque tienes que llevar cuentas. Y ahora mis nietas están encantadas conmigo y me piden: «Abuela, hazme unas pulseras». Estoy aprendiendo cantidad de manualidades.

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