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FERNANDO MIÑANA fminana@lasprovincias.es
Sábado, 18 de diciembre 2010, 14:27
El día en que la mitad del planeta estaba ingeniándoselas para ver a la mañana siguiente el último eclipse solar del milenio llegó Jorge Huertas (Valencia, 1999). El hijo de Enrique y Almudena vino al mundo cuatro meses después de que Zaplana, Gallardón y Bono plantaran en Madrid la semilla del AVE. España tarareaba 'Corazón espinado' y '19 días y 500 noches', los cinéfilos flipaban con 'Matrix' y muchos lloraban la muerte de Tip, Enrique Urquijo o Torrente Ballester. Hace once años, familias como la de los Huertas alumbraban sin saberlo a la generación del AVE, la quinta del 99.
El año que el Valencia CF ganó la Copa del Rey y Lance Armstrong, su primer Tour, el mundo iniciaba la cuenta atrás temeroso del efecto 2000 que, decían, podía paralizarlo todo y que, al final, no paralizó nada. Mientras iban y venían los biberones de Jorge, el Consejo de Ministros encomendó al Gestor de Infraestructuras Ferroviarias (GIF) la construcción de la línea de alta velocidad. Al fin iba en serio el viejo anhelo de unir las dos ciudades en un suspiro.
Jorge visita la estación Joaquín Sorolla sin tener idea de lo que costó ver el pico de esos patos en el cogollo de Valencia. El niño, que estudia sexto de Primaria, corretea entre los trenes ajeno al pulso político que se eternizó en el tiempo. Para él todo es más sencillo, más simple. «¿Me regalarán un billete para el tren?», pregunta, todo inocencia, este chaval al que le cuesta, como a casi todos, encontrar algún hito en sus escuálidos once años de existencia.
Cuando el bebé aún no había empezado a andar, mientras España descubría a un grupo de jóvenes que se encerraba en la casa de Gran Hermano, Penélope Cruz gritaba el famoso «¡Pedro!» y un Concorde caía del cielo, Francisco Álvarez Cascos, quien cargaba desde no hace mucho la cartera de Fomento, presentaba una variante del trazado que acabaría siendo la definitiva: 391 kilómetros de vía entre Valencia y Madrid.
Unos meses más tarde, Jorge abría por primera vez los regalos que habían traído unos reyes magos y dos días después, en lo que se tituló como la 'Cumbre de Murcia', los presidentes de la Comunitat Valenciana, Castilla-La Mancha, Madrid y Murcia sellaban el AVE directo -sin dar un rodeo por Albacete- entre Valencia y Madrid.
Aquello ya iba en serio. Jorge crecía en un mundo que nunca iba a ser igual desde que un 11 de septiembre dos aviones zarandeaban el globo desde dos torres gemelas. El niño aún era muy niño y ni siquiera se dio cuenta de que sus padres habían dejado de comprar los juguetes con pesetas, ni que, años más tarde, ya no iba a tener que hacer la mili. Un año después, cuando ya levantaba tres deditos para mostrar su edad, quién sabe si el mismo día que tuvo que salir corriendo de casa, pertrechado con un chubasquero en medio de una lluvia torrencial, José María Aznar presidía el inicio de las obras del AVE en Picassent sólo un mes antes de que un barco llamado 'Prestige' pringara la frente de España.
Un millonario suizo le dijo a Valencia, una ciudad que por aquel entonces, en 2003, ya comenzaba a ser muy presumida, que tenía que prepararse para dar la bienvenida a Mrs Copa América. Ese mismo año Jorge ya ha descubierto Madrid, que irrumpe en su reducido mapa después de visitar a los abuelos paternos. Aún viajaban en coche. El AVE sólo era un esbozo, aunque el 20 de diciembre se adjudicó la primera obra, un subtramo de 6,8 kilómetros en Siete Aguas.
Las obras no comenzaron hasta el 1 de marzo de 2004, sólo diez días antes de que el país se estremeciera abordo, precisamente, de cuatro trenes. Jorge empieza a definir sus gustos. Los dibujos le atrapan delante de la televisión cuando sale del 'cole'. Él, en realidad, nunca ha subido a un tren. Sólo ha pisado los vagones del Metro y la velocidad del AVE es un dato irrelevante en su escala de valores. «Creo que el AVE llega a ir a 1.500 km/h», afirma convencido de haber dado en el clavo.
El mundo católico observa el cambio de Papa en 2005, otro dato intrascendente para un niño que no ha tomado la Primera Comunión, para un niño que domina la Nintendo DS antes que la tabla de multiplicar, para un niño que, como todos los niños, empieza a dejar de serlo cuando descubre que aquellos tres reyes mágicos resulta que sólo son dos y que no son tan mágicos. Eso ocurre en 2006, el año que comienza a levantarse el viaducto de Contreras, el puente ferroviario de hormigón con el mayor vano de luz de Europa.
«¿Por qué no te callas?». El mundo entero ve cómo el Rey afea la conducta de Hugo Chávez en 2007. Aquel millonario suizo vuelve a atrapar el aguamanil por el que se pelean en el mar los barcos más caros del mundo, ya en Valencia, una ciudad que observa, entre atónita y envidiosa, muy triste también por un terrible accidente de Metro que se cobra 43 vidas, cómo el AVE sí que ha llegado ya a Valladolid y a Málaga.
El chaval empieza a ser rebelde y presumido. Le gusta llevar el pelo largo y sólo accede a cortárselo «un poquito» durante las vacaciones, para que sus amigos no se den cuenta. Jorge tiene nueve años y ya se atreve a saltar por el barranco del Fraile, en Enguera. Su vida empieza a ser excitante. En 2008 llegan su primer vuelo en avión y su prima Paula, su ojito derecho. «Es que la quiero mucho», puntualiza. El AVE también va viento en popa. El 25 de septiembre se termina el gran agujero de la línea, el túnel más largo, el de la Cabrera, con 7.250 metros. Y el 16 de octubre se instala el primer kilómetro de raíles en Requena.
Jorge sigue dando brincos. Uno de ellos, desde el décimo escalón al suelo, le deja una pierna escayolada llena de firmas, dibujos y garabatos. Las caídas son lo suyo. Así lo descubre cuando al fin accede a aprender a montar en bicicleta. Pero eso ya es reciente, eso ya es la vida del Jorge del presente, del niño que disfruta con las 'bacon burgers' y las pelis de terror, del chaval sonriente y locuaz que viste kimono con cinturón verde-naranja, del jovencillo que le recuerda a su madre desde el andén de la estación Joaquin Sorolla que espera que algún día lo lleve en el AVE para ver el museo del Prado.
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