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CARLOS BENITO
Domingo, 4 de agosto 2013, 12:21
Al difundirse la noticia de que Caroline Kennedy va a ser la nueva embajadora de Estados Unidos en Japón, miles de periodistas en todo el mundo empezaron a tararear la misma melodía. La única hija viva de JFK ha acumulado un respetable currículum como defensora de las libertades civiles y portavoz de su ilustre familia, pero también puede presumir de llevar incorporada su propia banda sonora, que además es particularmente pegadiza, capaz de secuestrar cerebros durante días enteros: la nueva diplomática es la Caroline que inspiró 'Sweet Caroline', la canción publicada por Neil Diamond en 1969, un éxito todoterreno que ha logrado pasar por encima de épocas y modas. La culpa es seguramente de ese estribillo explosivo y buenrollista -«dulce Caroline, los buenos tiempos nunca habían parecido tan buenos; / dulce Caroline, me inclinaba a pensar que nunca iban a serlo»- aunque los angloparlantes también muestran una clara predilección por la estrofa previa, cuando las cosas se ponen íntimas y un poco grotescas: «Manos, / manos que tocan, / entran en contacto, / me tocan, / te tocan».
Con esta vena lírica, resulta bastante lógico que Caroline Kennedy no hubiese sospechado jamás que la canción tenía que ver con ella, más allá de que algunos pelmas se la corearan de vez en cuando como a todas las Carolines. Al fin y al cabo, ella solo tenía 11 años cuando salió el disco, y aún no estaba para esas maniobras de exploración táctil que sugiere la letra. Pero décadas después, en 2007, contrataron a Neil Diamond para entonar su gran 'hit' en el 50 cumpleaños de nuestra protagonista, y el músico aprovechó para desvelar su secreto: «Nunca he discutido esto con nadie, y lo he hecho adrede. Pensaba que quizá se lo contaría a Caroline si la conocía algún día», planteó, antes de evocar aquella vez que, siendo «un compositor joven y arruinado», vio en la revista 'Life' la foto de una Caroline niña, vestida de amazona, con su poni. «Era una imagen tan inocente y maravillosa... Sentí inmediatamente que allí había una canción». No la escribió hasta unos cuantos años después, y se ve que por el camino se colaron en su idea esos toqueteos tan ajenos a la estampa hípica, pero el caso es que la 'dulce Caroline' siempre se apellidó Kennedy.
La hija de JFK es una de esas personas ligadas a una canción popular, que les perseguirá ya para siempre. El suyo, de hecho, es uno de esos casos particularmente graves en los que el título incluye su nombre, de manera que el vínculo, una vez conocido, se ha vuelto automático e insoslayable. En la mayoría de los ejemplos más famosos, las homenajeadas parecen muy contentas con ese raro privilegio. Ahí está Peggy Sue Gerron, la amiga del instituto de Buddy Holly que acabó inmortalizada en 'Peggy Sue' y cuyo nombre sigue sirviendo para referirse a la estética de las chicas 'rockabillies' al estilo de los 50. Su caso sirve también para desmitificar un poco la visión sentimental del rock and roll, que a menudo no deja de ser ficción: la canción se llamaba al principio 'Cindy Lou', como la sobrina de Buddy, pero el batería del grupo pidió cambiar el título por 'Peggy Sue', su novia, con la que atravesaba una mala época. Peggy acabó casándose con el percusionista, después se divorció, se convirtió en la primera mujer fontanera de California y hoy continúa viva, 54 años después de la muerte de Buddy Holly. En sus memorias, '¿Qué fue de Peggy Sue?', asegura que el cantante de las gafas de pasta estaba enamorado de ella.
También Sharona Alperin aprovecha su propio mito. Aquella menor que enamoró al vocalista de The Knack e inspiró la impetuosa 'My Sharona' trabaja hoy como agente inmobiliaria en California. Se ha especializado en vender propiedades a famosos y nos saluda desde el dominio de internet mysharona.com, con la canción sonando a todo trapo. En España, por supuesto, tenemos a la tinerfeña Noelia Afonso, Miss España en 1969 y Miss Europa en 1970, que tras el éxito en estos certámenes quiso emprender una carrera en la música. «La belleza no es eterna y por eso quiero cantar», declaró entonces. Estuvo ensayando con Augusto Algueró en Madrid, pero parece que el encuentro resultó más fructífero para el compositor y arreglista que para la aspirante a estrella: cautivado por la bella canaria, Algueró parió 'Noelia', una canción interpretada por Nino Bravo de la que resultaba imposible escapar en la España de los 70. ¡Cuántas mujeres, hoy rondando los cuarenta, se llaman Noelia por culpa de aquella chica «igual pero distinta a las demás»! Afonso, que pronto dejó atrás sus sueños discográficos y hoy es propietaria del hotel Las Madrigueras en Tenerife, se quita importancia en la historia: «Más que por mí, la inspiración fue por mi nombre, que en aquella época era desconocido».
No puede decir lo mismo Helô Pinheiro, porque su nombre, pese a lo bonito y lo sonoro que resulta, importó bien poco en la génesis de 'su canción'. Lo que contaba era aquel cuerpo de 17 años, tostado y firme, que en sus paseos por Ipanema solía cruzar por delante del bar Veloso. A dos parroquianos del local, dedicados a la libación concienzuda de cerveza, whisky y caipiriñas, se les iban siempre los ojos tras la belleza en bikini. Decidieron retratar su paso en una canción contoneante, soleada y vagamente melancólica: los dos bebedores eran Antônio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes, cómo no, y les salió esa maravilla volátil que es 'Garota de Ipanema'. El propio Vinicius certificó que la «coisa mais linda» de la canción era Helô, aquella «mezcla de flor y sirena, llena de luz y de gracia, pero que también es una visión triste, porque carga con ella, camino del mar, el sentimiento de la juventud que pasa». Aunque la juventud pasó hace mucho, Helô sigue espléndida a los 68, con sus trabajos en televisión y su boutique de moda playera, llamada -¡sí!- Garota de Ipanema.
«Yo aparecía muerta»
Pero las relaciones entre persona y canción no siempre son tan placenteras. Que se lo digan a la actriz Patti D'Arbanville, que en 1970 comprobó cómo su novio (Steven Demetre Georgiou, más conocido entonces como Cat Stevens y hoy rebautizado como Yusuf Islam) le dedicaba su 'Lady D'Arbanville', con un enfoque tirando a enfermizo. «La escribió cuando me fui a Nueva York. Me fui por un mes, así que no era el fin del mundo. Pero escribió esta canción en la que yo aparecía muerta. Mientras yo estaba en Nueva York, para él era como si yaciese en un ataúd», ha resumido la aludida, con una filmografía en la que destaca la calenturienta 'Bilitis'. Tampoco se ha visto nunca muy ilusionada a Suzanne Verdal, la 'Suzanne' de Leonard Cohen, una artista y bailarina con la que el poeta compartía veladas íntimas en la Montreal bohemia de los 60. Suzanne hacía en la realidad lo mismo que en la canción: le servía té y naranjas, se vestía con prendas coloristas del Ejército de Salvación y escuchaba pasar los barcos por el río San Lorenzo. «No creo haber sido tan triste como él me retrató», se ha quejado alguna vez. Los caminos de autor y musa se separaron de manera radical: él triunfó como cantautor, con 'Suzanne' como primera canción de su primer álbum, mientras que ella se perdió en una biografía accidentada que la ha llevado a vivir mucho tiempo en una caravana.
También Janis Joplin se convirtió en materia prima para una composición de Cohen, pero ella no tuvo tiempo de protestar, porque ya había muerto cuando se editó 'Chelsea Hotel # 2', con esa letra inolvidable que dice «te recuerdo bien en el Chelsea Hotel, / hablabas de forma tan valiente y tan dulce. / Chupándomela sobre la cama sin hacer / mientras las limusinas esperaban en la calle». La canción no especifica quién era la compañera de juegos de Cohen, pero el canadiense se fue de la lengua en un concierto: «Escribí esta canción para Janis Joplin», dijo al presentarla. Desde entonces, se dice arrepentido: «Vinculé su nombre a la canción y me siento muy mal por haberlo hecho, es una indiscreción que lamento mucho. Si hay alguna manera de disculparse ante un espíritu, quiero hacerlo ahora mismo».
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