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Zona de huerta cercana al cementerio de Benimaclet. :: damián torres
La huerta de Valencia pierde dos tercios de su superficie en el último medio siglo

La huerta de Valencia pierde dos tercios de su superficie en el último medio siglo

Un estudio de la Universitat de València apuesta por abrir los espacios verdes al uso del sector terciario para que sean rentables

CARLOS GARSÁN

Jueves, 2 de julio 2015, 00:55

valencia. «La protección de la huerta no es compatible con que sea rentable». El geógrafo Víctor Soriano es responsable de un estudio para la Universitat de València con el que quiere aportar una visión realista sobre el cinturón verde del cap i casal. Se trata, más allá de la poesía, de gestionar una actividad profesional que sigue sustentando la economía de muchas familias valencianas. «No se puede confundir los huertos urbanos con una política de preservación de la huerta», explica el autor de 'La huerta de Valencia: evolución, influencia del planeamiento urbanístico y perspectivas', investigación que forma parte de ESTUDIA VLC, una iniciativa puesta en marcha por la Fundación InnDEA.

En el documento, un dato sorprendente: Valencia ha perdido dos tercios de su huerta en el último medio siglo, pasando de 15.000 a 5.000 hectáreas en apenas cinco décadas. Soriano sitúa el 'año cero' en 1956, momento en el que empieza el declive para los terrenos dedicados al cultivo. En los siguientes cursos, con el desarrollismo económico imperante en los años sesenta, la sostenibilidad brilló por su ausencia. El todo por el todo. Una tendencia acrecentada por la posterior crisis del petróleo y, más recientemente, el estallido de la burbuja inmobiliaria. Y así, en solo cincuenta años, se ha perdido más de la mitad de la huerta en la ciudad de Valencia y en su área metropolitana.

Con la rentabilidad para las futuras generaciones de agricultores en el aire, Soriano pide establecer un tributo para el sostenimiento de la actividad, un impuesto que apoye a los labradores frente a la competencia de otros países con producciones más baratas. Aunque admite que no son pocos los que tras quedar desempleados han vuelto a labrar en los campos familiares, advierte que con la recuperción económica éstos pueden volver a vaciarse, para lo que pide medidas que prevengan esta situación. Mantener a los históricos y, también, a aquellos que lo ven como algo pasajero. «La falta de relevo generacional, la baja rentabilidad de las explotaciones agrícolas y cuestiones urbanísticas como la falta de estrategias sostenibles han sido las tres amenazas principales».

«No es la Albufera»

En este sentido, indica el geógrafo, la supervivencia del sector pasa por fomentar su preservación frente a la protección. Aun mateniendo el freno a la expasión urbanística, el estudioso pide que se entienda la huerta «desde el punto de vista de que es un espacio eminentemente productivo. Una industria verde que, para sobrevivir, requiere ser rentable». De esta forma, apuesta por abrir la puerta a la entrada del sector terciario para, sin bien no renunciar al cultivo, que éste aporte un complemento económico que permita llegar a fin de mes y, en consecuencia, que los agricultores no cambien la tierra húmeda por el asfalto. «Hay muchos ayuntamientos que no están en esta línea, pero son los propietarios los que demandan estos cambios. No se trata de mermar la calidad el campo ni es una idea perversa para acabar con él».

En este caso, no se trataría de crear nuevos espacios, sino de hacer uso de aquellos inmuebles -entre los que se incluyen alquerías- con el fin de generar ingresos 'extra'. «Lo interesante es que, si yo tengo una alquería, pueda hacer un hotel, una horchatería o tener un despacho de abogados. Acoger usos comerciales que sean compatibles con los tradicionales. No se trata solo de rentabilidad, también mejoraría la conexión», explica Soriano. El geógrafo reivindica así la necesidad de dinamizar un espacio orginalmente activo para que no acabe siendo «un vertedero» y, en consecuencia, «se vea normal que sea urbanizado», explica. «Al final lo que tenemos es un espacio periurbano que no deja de ser un lugar antropizado. No es la Albufera, hay que actualizarlo, respetando sus labores y con un máximo grado de protección urbanística. Ahora bien, no podemos ser radicales y dejar la huerta del siglo XVII».

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