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Fue la boda del año, de aquel 1980 de libertad y destape. Se casaron el 12 de enero que inauguraba la década en la plaza de toros de Valencia, en el interior de la carpa que el circo propiedad del novio tenía instalada en el coso de la calle Játiva con motivo de la Navidad. Allí, ante un improvisado altar custodiado por un crucificado llegado desde un convento de religiosas de Alaquàs y tras un acceso a la plaza salpicado de luces y flashes, la vedete Bárbara Rey (Totana, Murcia, 1950) y el mejor domador del mundo, Ángel Cristo (Ayamonte, Huelva, 1943-Alcorcón, 2010), se dieron el 'sí quiero'. En la capital del Turia se abrió la espita de una historia de amor, de lujos y alegrías, de problemas y ruinas que recorrido el tiempo ha cuajado en carne de serie televisiva protagonizada por Belén Cuesta y Jaime Lorente.
'Cristo y Rey', una producción de Atresmedia, triunfa entre los seriéfilos que en el cuarto capítulo, que se emite el domingo 29 de enero, se encontrarán con la boda de los protagonistas. Y Valencia tiene papel principal en el relato del matrimonio, el primero para ella y el segundo, tras un inolvidable amor por la trapecista germana Renata fallecida en 1979, para él. El acontecimiento del coso de la calle Játiva, como no podía ser de otra manera, fue portada de este periódico en horas en las que la prensa rosa aún no había conquistado grandes territorios ni la televisión descubierto el filón mientras los pueblos y ciudades de España empezaban a desvestirse de gris para acicalarse de colores.
Aquel día de enero de hace 43 años, el domador se llevaba el gato al agua. Había conquistado para sí al mito de muchos, a la 'sex symbol' de una generación de cambios. A orillas del Turia la vedette se mostraba rendida a los encantos de quien –como nadie– trataba de tú a tú a los leones. Bárbara Rey -María García, blanca y radiante, se despidió de la interpretación ante las cámaras para vestir maillot de domadora de elefantes.
A las seis de la tarde llegaba a un innovador altar circense Bárbara Rey vestida de preceptivo blanco y ramo de rosas también albo para completar el impecable atrezzo con el que iba a cumplir la promesa de esponsales que a juicio del guion de la serie 'Cristo y Rey' contrajeron en el transcurso de un número de magia. El novio llegó al altar con traje negro del que asomaba un cuello cisne blanco, opción que le libraba de corbata, lazo o pajarita. Completaba el atuendo un fular, también blanco; algo distinto.
El día de la boda llegó después de que ella hubiera dicho, así lo contó LAS PROVINCIAS el 13 de enero de 1980: «Yo sólo me casaré con un hombre que, además de amar, sea también capaz de dominarme». Y se casó con el domador. Quién sabe si en algún momento tuvo que pensar aquello de que las cosas no hay que desearlas porque acaban sucediendo.
No fue una boda al uso. La capital del Turia, asistida por la casualidad o tal vez por el deseo de un hombre a quien le unían parentescos con la ciudad, se encontró con un altar en el centro de la pista donde en cada función renacía el mayor espectáculo del mundo. Para la ocasión el maestro de ceremonias no saltó al ruedo tocado con sombrero de copa. En este caso el oficiante vestía alba, casulla y estola con los colores de la ikurriña. Por las venas de Mikel María Mendizábal, Capellán Nacional del Apostolado de Circos, Ferias y Espectáculos Ambulantes, corría sangre vasca. El cura estaba molesto con quienes habían criticado por «irreverente» la celebración, y la ocasión nació calva para lanzar del enfado pública expresión.
Estos detalles de la ceremonia los ofreció el entonces redactor de LAS PROVINCIAS Ferran Belda. La suya fue la crónica de quien hoy relata que fue un acontecimiento «espectacular cuando la prensa rosa aún no tenía el papel que luego tuvo».
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La carpa lució sus mejores galas. Se casaba el dueño del circo y la cosa no era para menos. Se mostraba al público valenciano «engalanada de guirnaldas trenzadas con hojas de cipreses y claveles blancos», certifica la crónica. No había que ahorrar esfuerzos y eso que poco antes de la hora señalada todavía se echaban en falta detalles. En medio del ajetreo, en esa ceremonia de la confusión que son los preparativos de cualquier celebración, cuentan las páginas ya amarillas, se escuchó gritar al domador: «La tela, falta tela, que traigan más metros». No había que privar de nada a la mujer que Cristo conduciría –¿o quién condujo a quién?– hasta el circense altar en el que iba a convertir en su esposa a la diva en «cuyo corazón ardiente» reposaban no pocos amoríos que habían hecho uso de la incipiente libertad que se imprimía en papel cuché.
La fachada de la plaza de toros servía el cartel de aquella tarde: una boda, un espectáculo de luces que maravilló a las «miles de personas que se agolpaban en el exterior» junto al cartel que mostraba al novio domador de pie sobre dos caballos. Ilusión, admiración, envidia tal vez, sorpresa quizás; cualquier impulso sirvió para empujar al público al céntrico enclave en tal cantidad que obligó a la policía a tomar cartas para evitar desórdenes.
Todos querían ser testigos de tan trascendental momento en la vida de la 'star-system' del momento. «Bárbara, Bárbara... Ángel, Ángel» gritaban los admiradores que sorteaban los flashes del centenar de reporteros gráficos citados en la capital en compañía de decenas de redactores que lanzaron al mundo el acontecimiento al que puso voz la Coral Vicentina que cuando el cronista se acercó al lugar ensayaba «por última vez el 'Aleluya'».
El padrino, siguiendo la tradición, fue el padre de la novia, Andrés García. Y Rosa Zamora, esposa del ginecólogo de Renata durante el cáncer que le segó la vida, ejerció de madrina. La lista de invitados que facilitó Ferran Belda desvelaba los nombres del peluquero Daniel Gabesco que «aunque no en esta ocasión, normalmente ha cincelado la rubia peluca de la pimentonera». Y también Mary d'Arcos, que fue testigo, cargo que debía tener bien merecido por ser, narra la crónica, «celestinescamente culpable» de aquella tarde de puerta grande en Valencia. No faltaron Susana Estrada, Gustavo Rojo, Pedrito Rico, Carmen Cervera, el presidente de la Audiencia Territorial, «don Carmelo Quintana», ni quienes llenaban los puntos suspensivos que Belda imprimió. Los invitados, sentados en las gradas, pintaron el circo de brillos y color de «zorro plateado, zorro común, mucho lamé, mucho terciopelo...». Entre las ausencias, una que hasta hoy resulta clamorosa: la de la entonces omnipresente UCD.
Minutos antes de las 19 horas con un humilde entre tanto brillo «boli Bic», los novios rubricaban la tarde que empezó con los ojos empañados del valiente domador y la ilusionada actriz que pisaron la alfombra de la pista bajo los acordes de la 'Marcha nupcial'.
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