Carlos Garsán
Jueves, 27 de agosto 2015, 19:23
Todavía caliente, la arena de El Saler dejaba brotar el pasado jueves 20 de agosto una nueva llama, de apariencia insignificante pero con el poder de convertir el paraje en todo un polvorín. Dos agentes de la Policía Local de Valencia, que patrullaban por el ahora negruzco lugar, detectaron el pequeño foco que, minutos después, era extinguido por los bomberos con apenas dos litros de agua. Tras dos incendios y ocho hectáreas quemadas, las labores de prevención suponen la diferencia entre la anécdota y el desastre.
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Los efectivos del parque de la Devesa cuentan con el camión bomba más antiguo de Valencia. A sus 24 años, ni siquiera las ventanillas suben y bajan. Con un presupuesto de 382.000 euros, la concejala de Seguridad Ciudadana anunció esta semana la adquisición de una nueva Bomba Urbana Pesada, que jubilará a la anterior. De igual forma, los bomberos esperan como agua de mayo las nuevas emisoras personales, pues las actuales "van fatal y, en este trabajo, la comunicación es fundamental", explican. Las 300 nuevas emisoras se suman a otra renovación, la de los trajes, más resistentes y ligeros, que ya se están repartiendo a todos los efectivos.
Para frenar los efectos perversos de la naturaleza, como las tormentas, o las acciones aún más perversas de los pirómanos, numerosos bomberos trabajan día y noche en el parque de la Devesa, situado en el corazón del enclave natural. Desde allí se controlan los ojos que vigilan durante las 24 horas la estabilidad del parque, más de una decena de cámaras repartidas en tres puestos de vigilancia que hacen la de Gran Hermano forestal en la práctica totalidad del terreno.
Estas cámaras se ubican desde hace más de una década en la azotea de tres edificios de apartamentos, un sistema de vigilancia pionero puesto en marcha por la Universitat Politènica de Valencia. "Era una especie de startup", explica Héctor Rus, inspector de Bomberos. Este proyecto, iniciado en el año 2002, se convirtió en el primero de estas características llevado a cabo por un parque natural en Europa y logró reducir en diez veces el tiempo de detección de incendios. En 2008 se renovó el sistema de infrarrojos con el fin de afinar la puntería incluso en condiciones de baja visibilidad, como niebla o lluvias.
Actualmente, la zona cuenta con tres cámaras de visión convencional y ocho térmicas, de las cuales cinco son fijas y tres móviles. Estas últimas detectan los puntos calientes del parque, un sistema que se calibra dependiendo de la época del año, mediante quemas controladas, para adecuarlo a la temperatura habitual y evitar falsos avisos. "La detección en época estival es mucho más fácil gracias a los avisos de ciudadanos, puesto que para que el sistema lo recoja debe tener cierta magnitud, mientras que en invierno nos llega antes porque hay menos tránsito. Es muy útil porque nos ubica exactamente las coordenadas del incendio y evita las confusiones porque, obviamente, no es lo mismo cuando alguien lo ve desde la ventana de su casa".
El sistema, además, está pensado para descartar las falsas alarmas. Así las cosas, el cristal de un vehículo reflejando contra la cámara térmica durante horas podría avisar de un posible fuego, alerta que descartaría la cámara de visión normal. Todo este trabajo se hace para prevenir, sí, pero también para frenar. Según explican en el Cuerpo de bomberos, el origen de la mayor parte de los incendios que ocurren en el parque natural son intencionados. Esto, además, acota, aunque ligeramente, la zona de riesgo. Es en el espacio donde discurre el itinerario para excursionistas y ciclistas, paralelo a la playa, donde se provocan más fuegos, por su sencillo acceso, facilitado por los caminos rurales ya definidos. Al otro lado del espejo, cruzando la carretera CV-500, la espesa maleza tiende a disuadir a los pirómanos, una zona boscosa en el que tan difícil es entrar como salir.
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Basura bajo las ramas
Pasto de las llamas, poco de lo que queda sobre la oscura tierra y las ramas calcinadas es el cartel que indica una de las paradas del itinerario paisajístico. "Parada 12: la Mallada Redona", indica el cartel, tumbado por el fuego. De igual forma, la quema de la maleza ha dejado al descubierto la degradación que sufre gran parte del parque natural. A pesar de estar protegido y de la intención del Ayuntamiento de Valencia, cuando gobernaba la popular Rita Barberà, de pedir la declaración de reserva de la biosfera por parte de la Unesco, entre plantas y árboles las brigadas de limpieza, que han estado actuando a lo largo de toda esta semana en la zona quemada, se han encontrado con más de una sorpresa.
Numerosas latas de refresco oxidadas, preservativos usados o botellas de cristal rotas cubren parte del enclave natural, mostrando la cara menos agradable de la Albufera. Éstas últimas, además del problema de la suciedad, tienen el riesgo añadido se hacer efecto espejo, provocando nuevos incendios. También desveló el fuego la presencia de quince bidones de plástico, junto a unas mangueras y un agujero que hace la vez de pozo, una instalación preparada, según indican fuentes de la investigación, para el cultivo de droga. Tanto en materia de limpieza como de prevención de incendios, apuntan los trabajadores de la zona, falta concienciación entre algunos de los visitantes y apuntan a la necesidad de aumentar la información para la supervivencia de un parque que, en los años 60, logró resistir a un plan urbanístico que a punto estuvo de convertirlo en un complejo turístico y residencial.
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"Las medidas de prevención existen. Lo que sería lógico ahora es poner carteles de aviso y que la gente conozca los niveles de alarma, que estén claras, por ejemplo, las prohibiciones que acarrea el nivel 3 de preemergencia. Claro, que al que va directamente a quemar el monte, le da igual", afirma Miguel Ángel Padilla, cabo de bomberos del parque de la Devesa. La dificultad añadida, en este caso, está a la hora de identificar a aquellos pirómanos antes de actuar, para lo que propone aumentar la presencia de agentes de la Policía Local.
No en vano, a raíz del incendio de esta semana, la concejala delegada del área de Seguridad Ciudadana, Sandra Gómez, anunció un redoble de la vigilancia con 16 unidades dedicadas exclusivamente a peinar la zona y avisar de forma inmediata de nuevos brotes. "Se ha planteado la revisión del plan de prevención de la Devesa y por supuesto que lo haremos, pero en el caso concreto de El Saler hay un buen plan de intervención", explica la concejala socialista a LAS PROVINCIAS. L situación física del parque de bomberos y la coordinación con la Generalitat, apunta, fueron clave para evitar un mal mayor tanto en el primer incendio como en el rebrote. "El apoyo aéreo fue inmediato, lo que evitó una mayor propagación. La coordinación es muy importante porque hay determinadas zonas muy frondosas a las que las unidades terrestres no pueden llegar".
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Pero el aumento en el número de agentes no es la única novedad al respecto. "Los bomberos plantean crear bombas en el subsuelo, porque hay una importante fuente de agua. El proyecto está encima de la mesa y vamos a hablarlo con el concejal de la Devesa, Sergi Campillo, teniendo en cuenta que es un espacio protegido y que no se pueden hacer intervenciones muy invasivas", afirma Sandra Gómez.
Después de la llama
El trabajo del Cuerpo de bomberos de la Devesa tiene sus peculiaridades y sus peligros añadidos. La zona no es sencilla y, a la hora de actuar, se requiere de un conocimiento específico de la zona con un objetivo: ganar el pulso a un fuego capaz de arrasar con todo. "Hablamos de una masa forestal muy tupida, debería estar más saneado. Hay que estar muy pendiente, son zonas peligrosas, espacios enmarañados. Si el viento cambia en ese momento, corremos mucho peligro de que nos atrape. Por ello la retaguardia debe estar muy pendiente cuando nos adentramos en la zona", explica el cabo Padilla. Precisamente la asociación de vecinos de la Devesa apuntaba esta semana a la necesidad de aumentar la poda y, además, piden la creación de un perímetro de seguridad alrededor de los apartamentos, zonas de evacuación y mejoras en las señales de emergencia.
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Guillermo Hernández fue uno de los bomberos que actuaron de refuerzo en el primer incendio de El Saler, "el más fuerte que he vivido", explica. Ahora está inmerso en otra tarea tan importante como la de extinción. "Tras el fuego, hay que refrescar y vigilar. Tenemos que estar atentos a cualquier conato para que no vuelva a brotar". Y es que el trabajo del Cuerpo de bomberos no acaba con la última llama, sino que sigue con la ceniza. Los manguerazos continúan días después con visitas diarias a la zona afectada, donde refrescan el terreno para evitar la aparición de brasas que puedan hacer arder raíces. En algunas ocasiones, el calor se mantiene bajo suelo puede provocar pequeños conatos subterráneos que salen a la superficie días después de un incendio, con lo que la vigilancia días después de éste es vital para evitar que se calcinen más hectáreas.
En El Saler, el panorama ahora es desolador. Árboles calcinados, maleza inexistente y arena ardiente. Los pinos han cambiado su verde brillante por un naranja color fuego y las conchas de los caracoles han quedado blancas por el efecto de las llamas. Aunque en el caso del arbolado la pérdida es mayor, se prevé que en un año la hierba vuelva a brotar de la zona quemada y, aunque quedará mucho para su total recuperación, al menos pederá ese color tizne que nunca debió tener.
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Para prevenir, frenar y evitar su reproducción, el Cuerpo de bomberos de la Devesa trabaja de forma incansable, protectores del gran parque natural de Valencia, son los ojos y las manos de un espacio en el que nunca acaba el trabajo.
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