«Sí, la han encontrado. Está muerta». Ricardo Salvador asume el desenlace de su angustia con una entereza que ya desearían algunos de los responsables públicos que comparecen estos días. La historia de este hombre, vecino de Alfafar y de su familia, dos hijos que rondan esa fenomenal e inolvidable etapa de los 20, se cierra con la desagradable confirmación del fallecimiento de María Luz Ayala, de 61 años de edad.
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La llamada que deseaba y no deseaba recibir -sólo alguien en esa situación podrá comprender la colisión de sensaciones- llegó este miércoles, al filo del mediodía. «Había ido a llevar el coche a Benaguacil donde tengo una caseta. Así que no estuviera el automóvil en el pueblo...» Y fue entonces cuando sonó el teléfono. Las malas noticias se encajan peor desde la distancia. Sin abrazos y sin una tentativa de consuelo. «Quería saberlo y no saberlo», admite sobre el contenido de la llamada.
«No sé dónde estaba. Sólo sé que está muerta». En definitiva, lo importante. Ricardo desconoce si el cuerpo de su mujer ha sido hallado en las últimas horas -especula quizá con que fuera uno de los cuerpos de La Albufera- o forma parte de las decenas de cadáveres que siguen sin estar identificados en la morgue de la Ciudad de la Justicia. «No sé si murió ahogada, aplastada, de un infarto... Bueno, me da igual».
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La resignación se impone durante la llamada de LAS PROVINCIAS. Casi que no hay otra opción. El dolor y el cansancio parecen silenciar las críticas a la Administración, que seguro que se almacenan en el espacio destinado al rencor. Ricardo se encuentra en la tarde de este miércoles en la funeraria, con los datos de la esposa. «Luego ya nos llamaran para decirnos a qué tanatorio acudir».
A María Luz Ayala, de 61 años, se le perdió la pista en la pista de Silla, al lado de Flexicar, un establecimiento de venta de coches de segunda mano justo en la entrada del polígono. Eran las 21 horas del martes, una franja temporal marcada ya para siempre con el desastre. «En ese punto se cortó la llamada. Me dijo que los coches pasaban flotando«.
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Ricardo, tras recibir la comunicación de su hijo, regresó a Alfafar para revelar el hallazgo a su hija. Un padre siempre sabe cómo cuidar a los suyos. Horas más tarde, con una generosidad y educación a prueba de riadas y de incompetencias varias, todavía encuentra fuerzas para agradecer el reportaje que este periódico publicó en su edición del martes: «Muchas gracias por ayudarme». Suena tan sincero que resulta complicado no emocionarse.
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