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A la una de la tarde de ayer, el sol pegaba con fuerza junto a la A3 a la altura del Oliveral. Del invierno al ... verano sin pasar por la primavera. Las cosas del cambio climático, aseguran los expertos. En la calle Extremadura, a pocos metros donde se levanta el clásico Chuletas Pepe de la autovía –hoy cerrado– se resguarda en la sombra un vecino, cetrino, agotado por el calor y las circunstancias: «A la próxima riada nos ahogamos. Seguro, porque no hay salida. En las últimas lluvias ya se salió otra vez el agua. Mirad lo que han hecho ahí. Han hecho el cauce más pequeño y menos hondo».
Al asomarse, un cauce de menos de cuatro metros de ancho, que en ese punto también es el barranco del Poyo, el que en su día por ese embudo tuvo que soportar más de 2.000 metros cúbicos de agua por segundo. Un imposible.
La naturaleza, el agua, la riada abrió las tierras de cultivo el 29 de octubre para decir que todo aquello que entraba dentro del surco era suyo. No hubo Dios que parara aquello. «Aquí se juntó lo que venía del Poyo con lo que llegaba desde el polígono industrial y la autovía. Esto era un mar, desde aquí hasta las vías del tren –las del AVE–, y eso que habrá más de dos kilómetros de distancia», señala el vecino, que asegura que pasó la noche en la terraza –la señala por si no había quedado claro–.
Hoy ya no queda nada de ese cauce natural, de ese patrimonio por derecho que en la tarde del 29 de octubre compró el agua por poderes. La mano del hombre, una vez más, ha decidido que el agua no vaya por allí, ha echado tierra en el agujero y se ha empeñado que el Poyo siga su curso por un codo de noventa grados que, a simple vista y sin ser expertos, no hay quien entienda. Esta obra, la de deshacer lo que hizo el agua y volver a trazar un curso artificial deberá entrar en la carpeta de la reconstrucción, que es rehacer lo destruido, porque en los planes de la recuperación no debería caber cometer el mismo error.
Unos kilómetros más arriba, el escenario es muy distinto. Las grandes máquinas trabajan sin descanso en el cauce del Poyo, justo debajo del puente que cruza la A3. En el punto en el que estaba el único aforo de la rambla, el que saltó por los aires pasadas las siete de la tarde del 29 de octubre después de marcar un paso de caudal de más de 2.000 metros cúbicos por segundo –las estimaciones apuntan que la cantidad fue mucho mayor de la oficial, llegando a los 2.300 metros cúbicos por segundo–.
Allí, los volquetes gigantescos y las retroexcavadores rugen quemando gasoil con el fin de recuperar y adecentar una zona. En el horizonte se puede ver que el agua no tuvo bastante con un cauce que de por sí ya abría decenas de metros, por lo que rebasó los campos de cultivo para engullir parte de ellos y abrir unos dominios que a tiro de piedra superarán los cien metros entre una orilla y la otra. En el suelo, piedras enormes que los camiones han ido descargando con el fin de restaurar la zona.
El cauce continúa con la vista camino del by-pass, para ir por detrás del polígono industrial y, de repente, pasar de un área de varias decenas de metros a un encauzamiento mínimo que se resuelve en un ángulo de noventa grados en el que es imposible meter una avenida de agua de grandes proporciones. El embudo del barranco en el Oliveral está otra vez listo para ser cómplice de un desastre en el caso de una avenida de proporciones como la dana del pasado mes de octubre.
Una de las primeras medidas que puso en marcha la Confederación Hidrográfica del Júcar (CHJ) fue un proyecto superior a los 20 millones de euros para actuar en la rambla del Poyo y mejorar los sistemas de alerta con el fin de implantar un SAT, como el que tienen otras áreas como las del Ebro.
A la crecida del Poyo, se sumaron los caudales de otros barrancos aguas abajo, entre los que destaca el barranco de la Horteta con una estimación del caudal que previsiblemente pudo ser de unos 3.000 metros cúbicos por segundo, según las estimaciones de la Confederación Hidrográfica del Júcar y sin ningún estudio que lo haya podido certificar hasta el momento. Este caudal fue muy superior a los 1.500 metros cúbicos por segundo que el Sistema Nacional de Cartografía de Zonas Inundables asocia a un periodo de retorno de 500 años en esta rambla, que al final confluye con la del Poyo y que llevaba el agua caída en zonas como Turís y Godelleta.
Esta situación produjo unos daños extraordinarios materiales y personales a partir de los municipios de Torrent y Paiporta, donde se produjo el completo desbordamiento del barranco del Poyo. Un caos que derivó en el fallecimiento de 228 personas.
Aguas arriba, en el municipio de Cheste, también se está ejecutando una importante actuación junto al puente de entrada a la población desde la carretera de Chiva. En ese punto confluyen tres barrancos, el del Gayo, el de la Cueva Morica y el Grande, y se están ejecutando las tareas de encauzamiento después de que aquella tarde este fuera uno de los puntos más críticos debido a que la fuerza del agua dañó un puente que se va a tener que reconstruir. En el kilómetro cero de la dana, en el pueblo de Chiva, el Ayuntamiento también ha iniciado las obras para recuperar el paseo de San Isidro y la calle Buñol, las dos calles más dañadas del municipio junto al barrio de Bechinos, y que está previsto que en un plazo de medio año puedan volver a la normalidad.
Unas obras faraónicas aguas arriba que no entroncan con el embudo que se ha vuelto a generar en la zona del Oliveral, con un encauzamiento artificial que puede volver a dar problemas a los vecinos que allí habitan.
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