O tienes una cara de cemento armado o mejor no te dediques a la política. El tripartito botánico, es decir Compromís, es decir Mónica Oltra, acaba de vetar una comisión de investigación sobre un caso gravísimo que le afecta directa y personalmente. Y con esta actuación, Oltra en primera persona se pone al nivel de indignidad moral que tantas veces ha denunciado en la derecha. Un nivel sucio, por tratarse de un asunto de pederastia en un centro de acogida. Oltra impide una comisión de investigación y Compromís sale del paso convirtiendo a su lideresa en una mártir de la ultraderecha, de la guerra sucia, de las fake news, de los ataques personales. Y no es sólo Compromís, notorios socialistas como Manolo Mata o Manuel Illueca han querido trompetear su solidaridad con la aludida, sin que se les conozca el decoro de haberse acordado antes de la verdadera perjudicada, una menor de edad desprotegida.
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Pero, ¿exactamente de qué es Mónica Oltra una víctima? Pues de que un delincuente condenado abusara sexualmente de una menor en un centro de acogida mientras estaba casado con ella, vivía con ella y era el padre de sus hijos. Podemos convenir que Mónica Oltra no es culpable de los abusos, bien. Pero cabe debatir sobre su grado de responsabilidad directa o indirecta y sobre su responsabilidad política, por su condición de consellera responsable de los centros de menores. Y podemos recordar, al contrario de lo que indica la campaña de Compromís, cómo Oltra ha recibido un ventajoso trato de favor todos estos meses, un privilegio que se le habría negado a cualquier otro político. Este periódico tuvo conocimiento del procedimiento muchos meses antes del juicio, pero prefirió esperar a que comenzara la vista antes de informar para descartar cualquier posibilidad de denuncia falsa. La mayoría de los medios de comunicación escondieron la relación del acusado con la vicepresidenta en las crónicas del juicio y hubo que esperar a la condena para que los lectores y oyentes pudieran enterarse del vínculo que unía a uno y otra, aunque todavía entonces se procuró dejarlo fuera de los titulares. Si esto le hubiera ocurrido a un ministro el escándalo habría sido mayúsculo e inacabable. En la rueda de prensa del Consell posterior a la sentencia, resultó muy meritorio el trabajo profesional de Salva Enguix y Ricardo Pomares, pero el conjunto de los informadores prefirió practicar el método Gila: «parece que alguien ha matado a alguien, parece que alguien es un asesino». Fue marciano. Los periodistas preguntaron por las vicisitudes del caso, pero nadie apeló directamente a la vicepresidenta como expareja del culpable, como afectada personal, como si nada tuviera que ver con el pederasta condenado. Y los partidos políticos de la oposición han esperado meses, meses, antes de empezar a apretar a Oltra con un tema que contamina su futuro. Cada vez que vuelva a hacer una acusación a terceros o saque su cantinela de protección a los desamparados alguien le podrá responder que está inhabilitada, «que su exmarido está en la cárcel por pederasta, que se le escapó el asunto vivo, que por ahí corre una muchacha a la que todavía no le ha pedido perdón por los errores de su departamento». ¿Pedir perdón, de qué nos suena este estribillo?
Oltra, en todo este lodazal, ha recibido sobre todo consideración, prevención, afecto y atenciones. De víctima, poco. En todo caso, víctima de su exmarido. Pero la víctima real es una niña. De la que abusaron en un centro público. Que contó el asunto y el centro de menores lo eludió y la conselleria lo ignoró. Que no la creyeron. Que no dieron parte a la Fiscalía. Que no le dieron protección legal. Que siendo la víctima llegó esposada a la sala de la Audiencia Provincial, como si fuera la acusada. Que pasó cuatro meses en abandono hasta que lo contó de nuevo a un policía y el asunto llegó por fin a la Fiscalía, eludiendo el silencio incomprensible de la conselleria. Que el exmarido era conocido por los trabajadores del centro como alguien con poder o casado con alguien con mucho poder («que sale por la tele»). Que el acosador siguió trabajando en el centro y la que salió fue la menor. Que la Fiscalía señaló directamente a la conselleria por dejar en desamparo a la menor. Que en la sentencia los jueces reprochan la inacción de la conselleria de forma reiterada.
Todo eso pudo pasar y seguramente pasó sin el conocimiento de Mónica Oltra. Se atascó en la planta baja de la vicepresidencia. Pero, ¿qué hizo después cuando se enteró? Parece cierto que no intentó torpedearlo u ocultarlo. Pero se quedó como una estatua. Tampoco ordenó corregir los errores previos y reincidentes de su departamento. No lo hizo público. No dio indicación para que se extremara el celo con la víctima, la celeridad, que de inmediato se le procurara asistencia legal, que se reforzara y mejorara su situación, que se fuera adelante con todas las consecuencias, cayera quien cayera ('yo sí te creo, hermana'), que se le pidiera perdón y se la atendiera en todo lo que pudiera necesitar y más. Se quedó al margen para que nadie pudiera acusarla de obstrucción, como una estatua. Pero por las mismas tampoco pudo subsanar las equivocaciones acumuladas. Puso por delante su blindaje político; la menor pasó a ser además de una víctima de abusos, una víctima colateral del juego político.
Porque aquí hay mucha política. Y para Oltra lo peor ha sido tener que beber de su propia medicina. Un año antes, justo en un caso similar de presuntos abusos en un centro de Segorbe, a la vicepresidenta le faltaron minutos para actuar con urgencia, quitar la concesión, trasladar a los menores, señalar públicamente al culpable y montar un auto de fe en Les Corts. Todo resultó falso, mentira, y la conselleria ahora tendrá que indemnizar al centro perseguido por su empeño. El mismo empeño que le ha faltado en el asunto que le afecta directamente y que es exactamente igual al de Segorbe salvo en un detalle fundamental, que su exmarido sí es culpable y que por lo que sea la conselleria estuvo mirando para otro lado. Por eso vetar la comisión de investigación parlamentaria es una indignidad, acabaría siendo una comisión controlada, previsible, como todas, pero al menos serviría para que algunos se pusieran colorados durante un rato.
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