
La mascarilla
CUENTOS MÍNIMOS ·
Francisco javier sotés
Miércoles, 7 de abril 2021, 01:16
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CUENTOS MÍNIMOS ·
Francisco javier sotés
Miércoles, 7 de abril 2021, 01:16
Joel se levantó como siempre a la misma hora. Le gustaba desayunar en el bar de abajo de su casa, que aun le permitían estar abierto, con aforo restringido en la terraza por la pandemia del coronavirus. Desayunado, veía una silueta femenina, como otras veces. Su larga melena le atraía, y ya la estaba idealizando cuando la veía. Pensaba en las rimas de Bécquer, en los temas de Rosalía de Castro, de Machado, de Alberti, toda inspiración era corta.
Joel no tenía otro pensamiento durante su jornada de trabajo, en esa vecina que resultó serlo, pues el patio de su casa lindaba con el de su casa. Joel algo tímido, no sabía como abordarla sin parecer mal educado. Pensaba que cuando pasase cerca de su mesa donde desayunaba,s e acercaría y le diría lo mucho que pensaba en ella, que la adoraba, que estaba hechizado y que no podía pasar sin ella. Todo le resultaba platónico, no se atrevía, aunque la seguía viendo todos los días, al pasar por su lado.
Se levantaría de la mesa en la que desayunaba, iría al encuentro y la invitaría a sentarse y a desayunar juntos. No sabía Joel porque no se decidía. Los temas amorosos se sucedían en sus pensamientos sobre la amada perdida: Baudelaire, Pardo Bazán, Cervantes, le recordaban párrafos que había leído sobre el amor perdido. Tenía que hacer algo, ya eran demasiados los pensamientos sobre esa vecina que veía todos los días. La veía pasar y su jovial andadura le agradaba, sentía como algo etéreo lo envolvía, nunca hubiera imaginado que una figura con su abrigo marrón y botas altas podía tener esos andares tan dinámicos, y que a su vez siempre le parecieron muy femeninos.
Era el tiempo que todas las personas debían llevar mascarilla por orden gubernamental, y solo podían quitársela para consumir. Se decidiría a hablarle este sábado venidero, su deseo hecho realidad: las primeras palabras, las presentaciones desde no muy cerca, pues la distancia social era importante para no contagiarse. Cuando ya hubiera roto su timidez y le contase todo lo que sentía por ella, quizás le cayese bien y aceptase la invitación al desayuno. Y en esta ocasión le vio quitarse la mascarilla, la maldita mascarilla que le hizo percatarse de que lo que creía su amada era un hombre.
Si quiere participar, ha de enviar su microrrelato a cuentosminimos@lasprovincias.es. La extensión exacta del relato es de 330 palabras.
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