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Hay una imagen, dentro de las decenas que componen el libro 'Memòria d'un jardí', que buena parte de sus lectores podrá hacer suya con ... facilidad porque es una especie de retrato colectivo. Captura la instantánea de un tiempo y un lugar: la Valencia de un momento impreciso de su trayectoria reciente, cuando el protagonista de la foto, sentado en un banco del Botánico, se abisma en sus pensamientos. Ensimismado, mira a la punta de sus zapatos mientras a su alrededor deambulan otros visitantes de este hermoso rincón de la ciudad. La vida, la pura vida, cruza todo el conjunto: la que late entre quienes fueron retratados, tal vez sin saberlo. Y la que palpita entre las especies de deslumbrante flora que forjan el ADN del céntrico parque de Valencia.
Hay otras imágenes en la publicación, cuya edición, a cargo de la Universitat de València, han dirigido José María Azkárraga, admirable conocedor y divulgador de la Historia de Valencia, y Jaime Güemes, actual director del parque. Imágenes como la que ilustra estas líneas. Un trío de mujeres, jóvenes según parece, cazadas por la cámara mientras gozan de los placeres del Botánico, entonces (años 40 del siglo pasado) un desorganizado enclave, más bien asilvestrado, pero dotado del encanto y esplendor con que lo han conocido las posteriores generaciones de valencianos y lo disfrutaron las anteriores. Sumadas una a una, el conjunto de imágenes forja una suerte de libro de familia de Valencia, porque sus habitantes se acostumbraron desde antiguo a iniciarse en los secretos de esta clase de naturaleza domesticada, la flora y la fauna de enorme belleza que todavía hoy nos acompañan en la calle Quart.
El apartado gráfico, como se deduce de su propio título, es la baza ganadora de la publicación, presentada este jueves. Cuenta con una amplísima nómina de colaboradores y se corresponde además con una exposición que pudo visitarse en la Estufa Fría del jardín. Es uno de tantos rincones con especial encanto que distingue este recoleto espacio, muy evocador, donde se recoge el pulso de la mejor Valencia desde 1567, «cuando los jurados de la ciudad nombraron a Joan Plaça catedrático de Hierbas y le encargaron crear un huerto donde mostrar y enseñar a identificar las plantas medicinales a sus alumnos de Medicina». Estas palabras, procedentes del libro donde Azkárraga y Güemes exhiben sus eruditos conocimientos sobre el parque, sirven para entender el hilo conductor que recorre su obra: cómo la imaginería ayuda a entender la clase de tesoro ambiental, pero también sentimental, de que dispone Valencia en su Botánico, «un referente de innovación».
Un hito que mereció de sus autores intensas pesquisas para localizar las fotos que componen su obra y sellar su propio retrato: el de un jardín urbano de inacabable hermosura, que, como institución científica, docente y cultural, encarna «una de las expresiones patrimoniales más notables de la ciudad».
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