Viejo truco para darse importancia en cualquier ámbito de la vida social consiste en dejar la silla vacía. Es un gesto grosero, desde luego, pero ... efectivo. Consigue que los demás se pasen la velada hablando del ausente... si deciden seguirle el juego. Pero como esa estratagema está demasiado vista, si esa era este lunes la intención del candidato en fuga, puede concluirse que cosechó un fracaso estruendoso. Lo que se vio de él fue solo eso: un vacío. Una estupenda metáfora. Y un error. Porque en política operan también las leyes de la física: todo cuerpo sumergido experimenta un empuje igual al peso que desaloja. El peso (la aureola, la credibilidad) que regala a sus rivales.

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Un regalo que ninguno desaprovechó, aunque sin cebarse. Gómez y Catalá no necesitaron morder porque su rival principal optó por el mutis. Y Giner y Badenas siguieron la misma política: responder al vacío con otro vacío. Fueron los galgos que en el canódromo persiguen una pieza imposible de atrapar. No porque fuera más lista o más rápida: porque fue inexistente. Como símbolo, inmejorable.

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