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El diestro pacense Alejandro Talavante tras la muerte de "Superior" de la ganadería de Zalduendo, al que cortó una oreja.
Talavante triunfa contra el viento helado de Valencia

Talavante triunfa contra el viento helado de Valencia

El diestro extremeño cortó hoy la única oreja de la sexta corrida de Fallas, remontando con mucho aguante las dificultades que añadió a la lidia el fuerte y helado viento

EFE

Miércoles, 18 de marzo 2015, 21:43

El diestro extremeño Alejandro Tavalante cortó hoy la única oreja de la sexta corrida de Fallas, remontando con mucho aguante las dificultades que añadió a la lidia el fuerte y helado viento que sopló en Valencia durante toda la tarde.

Sexta corrida de abono

  • ficha del festejo

  • Seis toros de Zalduendo, de muy desigual presentación, con varios ejemplares de escasa presencia frente a otros con sobrado cuajo y volumen. En conjunto, corrida descastada y deslucida, con juego insulso y sin emoción.

  • Rivera Ordóñez

  • estocada honda trasera y desprendida (silencio); dos pinchazos y estocada baja trasera (silencio tras aviso);

  • Morante de la Puebla

  • estocada honda desprendida y dos descabellos (silencio); media estocada (ovación tras aviso).

  • Alejandro Tavalante

  • estocada baja trasera (oreja con petición de la segunda); estocada trasera tendida y descabello (silencio tras aviso).

  • Entre las cuadrillas, destacó Cristóbal Cruz picando al segundo; y en la brega y con las banderillas brillaron José Antonio Carretero y Juan José Trujillo, que saludó en el sexto.

  • La plaza casi se llenó, en tarde de viento y frío.

Premio al aguante

En las Fallas más frías de los últimos años, fue precisamente en la corrida de ayer cuando más se sintió el descenso de la temperatura. O al menos esa fue la sensación térmica que se tenía en el tendido, por donde corría un viento fuerte y helador que dificultaba sobremanera todos los pasajes de la lidia.

Y así, entre el molesto viento y la generalizada falta de casta y emoción de los Zaluendos, fue transcurriendo la anodina tarde en la mayoría de sus capítulos, incluso en el sexto y último, con un toro que no dejó de pegar cabezazos y del que nada pudo sacar en claro Alejandro Talavante.

La única excepción sobrevino en la lidia del tercero, un cinqueño más encastado y serio que la mayoría de sus hermanos de camada, al que Talavante se enfrentó prácticamente a cuerpo limpio, o esa era la sensación que se tenía al comprobar cómo el viento le hacía perder constantemente el control de su muleta.

Ondeando como una bandera, la tela roja del extremeño era más una amenaza que una defensa, al dejarle muchas veces al descubierto o al moverse aleatoriamente y enviándole involuntarias y contradictorias órdenes a un toro al que así era imposible someter ni dar un mínimo de ritmo.

La única, pero fundamental, virtud posible de Talavante en ese remar contra el viento fue la mantener un aguante impasible, hacer un alarde de plantas clavadas en la arena y de figura erguida ante las reacciones insospechadas del toro y de su propia muleta.

Siempre muy cerca de los pitones y en los abiertos terrenos de los medios, se la jugó a cada embroque el torero de Badajoz para emocionar al público, sacar algunos muletazos limpios y largos de mucho mérito e incluso adornarse orgulloso al final de ese pulso contra el toro y los elementos que se premió con la única oreja de una tarde siberiana.

Rivera Ordóñez, que reaparecía hoy en un coso de primera categoría y tras el percance sufrido hace unos días en Olivenza, se refugió en los terrenos de tablas para intentar paliar los efectos del vendaval.

Y fue allí, tanto con el noblote y desrazado primer toro como con el desclasado cuarto, donde el torero de dinastía amontonó pase tras pase en un ejercicio de oficio rutinario y poco comprometido con muy escaso eco en los ateridos tendidos valencianos.

Con un otro toro rajado y vacío de la deslucida corrida de Zalduendo, Morante de la Puebla no perdió demasiado el tiempo, mientras el viento arreciaba. Y quizá para compensarlo alargó de más la faena al quinto, un animal rebrincado al que, hasta que se desfondó por completo, fue sobando con paciencia para sacar algunos pases estimables, también en el socorrido refugio de los tableros.

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