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Txema Rodríguez
¿En los toros no hay repetición de la jugada?

¿En los toros no hay repetición de la jugada?

Pablo Salazar

Valencia

Sábado, 18 de marzo 2023, 11:23

Cuenta la leyenda de mi familia materna, los Aguado (nada que ver con el torero sevillano que compartió cartel con Emilio de Justo y Roca Rey) que la primera vez que mi primo Javi fue al fútbol con mi tío Jose (así, sin tilde, no como sólo cuando es adverbio, diga lo que diga la RAE, qué sabrán ellos…), ante un gol del entonces Mestalla y hoy Valencia B le preguntó que cuándo hacían la repetición de la jugada. La anécdota seguramente es falsa, inventada o engrandecida. Pero así se construyen los mitos, exagerando un poquito. ¿O acaso no hemos ido descubriendo con el transcurso de los años que Covadonga no pasó de una simple escaramuza, que en Almansa no combatieron valencianos o que en Dunkerke lo que de verdad salvó a los soldados británicos no fueron los yates particulares sino la Royan Navy? Pues eso.

Recordé el sucedido familiar cuando en el quinto de la tarde el peruano encadenó una de esas series que te levantarían del asiento si no fuera porque molestas al de detrás. Y el de detrás es un señor más grande que yo (en realidad, todos lo son) con el que no me apetece discutir. No hubo repetición de la serie pero sólo ese minuto largo mereció una tarde tediosa y fría. Porque en la plaza, en Fallas, siempre hace frío, aunque fuera, en la calle, la gente vaya en manga corta.

Salvando el momento Roca Rey, lo verdaderamente destacado, para mí, llegó entre el tercer y el cuarto toro. Es la hora de la merienda. Y vuelvo a la máquina del tiempo para rememorar no sólo (¡toma pedazo de acento!) las clásicas bandejas de empanadas de pisto, de espinacas o de morcilla ni las de embutidos variados sino incluso una cazuela de arroz al horno sobre la que varios comensales provistos de la correspondiente cuchara se lanzaron cual somalíes sobre los pilotos del helicóptero americano en 'Black hawk derribado'. Aunque seguramente, con esto del arroz pase lo mismo que con lo de mi primo Javi, que me lo haya inventado.

El caso es que yo acudí a la cita abrigado pero con las manos vacías, por lo que en el instante preciso tuve que componer un rictus de medio hambriento o hambriento entero para dar pena a la señora que estaba a la derecha de mi compañero Pedro Toledano, que iba provista de una fuente con un bizcocho muy prometedor. Tras ofrecer a sus amistades más próximas llegó nuestro turno, y educados como somos apenas nos atrevimos con un trozo pequeño de aquella ambrosía. Error. Estaba espectacular, blandita, mojadita, dulce, esponjosa, maravillosa. Para entonces, para cuando mi boca degustaba el manjar, Emilio de Justo había reaparecido en escena y trataba de sacar partido al cuarto de la tarde, un buey, según los expertos. Pero mi único interés estaba ya centrado en la bandeja de bizcocho, en si daría para un segundo trozo. No hubo suerte, el niño de mi izquierda repitió mientras que yo no me atreví a hacer como mi primo Javi y preguntar: ¿Aquí no hay repetición de la jugada?

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