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ÓSCAR CALVÉ
VALENCIA.
Domingo, 24 de junio 2018, 00:05
Decía Robert Langdon -Tom Hanks en la gran pantalla- que la fe era un don que no se le había concedido. Eso no era óbice para que el ficticio profesor de Harvard resolviese en apenas unos instantes enigmas de índole religiosa que durante siglos no habían sido siquiera planteados. Aunque el personaje de Langdon resulte algo repelente para los historiadores de la cultura (ojalá fuera todo tan sencillo), lo cierto es que el erudito creado por Dan Brown representa a un héroe cuyo poder reside en el intelecto, en el conocimiento. Ser un lumbrera no sólo le sirve para tener un trabajo gratificante. También para salvar el mundo. Pura ficción. Les cuento esto porque, más allá de la fe o no del lector, la historia de las religiones es un elemento cultural de primer orden que conviene manejar para entender el mundo, aunque no nos permita salvarlo. Al menos de momento. Que nadie se ofenda: para bien o para mal, la Biblia es la estrella polar de la cultura occidental. Uno puede creer en ella o no, pensar que es Palabra revelada o una simple compilación de mitos. Sin embargo, reconocer que es un faro esencial incluso en nuestra cotidianidad resulta inapelable. Si no me creen, ahí va una pregunta simple: ¿cuántos lectores celebran hoy su santo? Afirmaría, sin temor a errar, a que se cuentan por miles. No en vano, San Juan Bautista es el patrón de muchas localidades de nuestra Comunitat. Desde Alcalà de Xivert a Catral, pasando por localidades como Sant Joan de Moró, Siete Aguas, Vallés, Alcalalí, Benicolet o Sant Joanet, entre otras. Estos patronazgos y el referente primigenio del nombre se remontan al personaje bíblico, guste más o menos. Si está de celebración por su santo no tiene excusa para dejar de leer. De todos modos, el entretenimiento está asegurado. Ya saben que la Sagrada Escritura presenta pasajes dignos de las mejores novelas de intriga: incestos, traiciones, ajusticiamientos,... El protagonista de hoy, San Juan Bautista, es un claro ejemplo.
De este modo presentaba Sant Vicent Ferrer a San Juan Bautista algo más de seis siglos atrás: «(...) sapiats que entre tots los sants que foren del principi del món fins a Jesuchrist, major fo sent Johan Babtista. Dich entre tots los sants qui foren primers, així com los patriarches, que vol dir prínceps e pares primers; aprés, los prophetes, qui prophetaren lo adveniment de Jesuchrist e del temps present; aprés, los sacerdots, ques donaven al serví de Déu en lo temple; aprés, los regidors del poble, qui governaven bé segons Déu, no solament a si mateixs, mas los altres subjectes; aprés, los duchs, qui mantenien bé lo poble. Veus ací los sants del Vell Testament; mas, yo dich ara que, sobre tots aquests sants, fo sent Johan Babtista pus amich de Déu que degú dels altres. E açò dix Jesuchrist: «Amen dico vobis, inter natos mulierum non surrexit maior Iohanne Babtiste.» Efectivamente, el Evangelio de Mateo pone en boca de Cristo: «No hay entre los nacidos de mujer mayor profeta que Juan el Bautista». Con semejante título comprenderán que se convirtiera en una de las piedras angulares del cristianismo y que la propagación de su festividad corriera como la cerveza en una barra de verano. Tal cual.
San Juan Bautista habría nacido según la Sagrada Escritura seis meses antes que Jesús. Durante la Anunciación, el arcángel Gabriel le explicaba a María que su pariente Isabel (la madre del Bautista) portaba a Juan desde medio año atrás en su vientre. Dado que en la Biblia no aparecen fechas fiables al respecto, la Iglesia determinaba en el año 325 que el nacimiento de Jesús aconteció un 25 de diciembre, ergo su primo, San Juan Bautista, habría venido al mundo unos seis meses atrás. Pongamos un 24 de junio. Aunque lo parezca, no es asunto baladí, el rol del primo de Jesús es evidente. San Juan Bautista era el precursor de Cristo y lo manifestaba públicamente según el Evangelio de San Marcos: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo». Nuestro protagonista optó por una vida eremítica en los desiertos de Judea. Allí, ligado a una secta judía, predicaba sobre la idoneidad de la penitencia ante la proximidad de la venida de un mesías. Purificaba a sus seguidores con agua, instaurando el que más tarde se convertiría en el primero de los sacramentos cristianos, el bautizo. Ataviado con «un manto hecho de pelo de camello y un cinturón de cuero en la cintura, se alimentaba de saltamontes y miel silvestre». El bautismo de Jesús en el Jordán por parte de san Juan Bautista encierra una suerte de escena inaugural de la misión de Jesús en su vida pública. No por casualidad, ya saben que el primer paso en la vida cristiana, el ingreso en la nueva fe, se sostendría en esta inicial premisa, la del bautismo. De hecho, el Hijo, apenas resucitado exhortaba a sus incrédulos discípulos: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la Creación. El que crea y sea bautizado, se salvará, el que no crea, se condenará». El bautismo se convirtió en la seña de identidad del nuevo credo. Visto desde una perspectiva histórica, ni san Juan Bautista sabría la transcendencia de aquel pasaje en el Jordán de tradición judía con el que se pretendía recuperar la pureza perdida. Los bautismos, ya con un nuevo significado, se multiplicaron paralelamente al éxito de la difusión cristiana. A las primigenias inmersiones de adultos tras el correspondiente curso avanzado de catequesis, le siguieron formas no tan ortodoxas. En Noruega por ejemplo se bautizaba con cerveza. A nuestra ciudad no llegó esa práctica curiosa, pero sí, como al resto del continente, la devoción a San Juan Bautista. La advocación de la Orden de San Juan del Hospital al Bautista y la doble titularidad de la parroquia de San Juan del Mercado provocaron que en la Valencia post-reconquista el primo de Cristo estuviera muy presente en dos templos relevantes que todavía hoy podemos admirar. De regreso al primer siglo de nuestra era, sería imperdonable no recordar las últimas jornadas del santo del día. Según la Biblia, Juan el Bautista fue encarcelado por criticar abiertamente al poder establecido. Concretamente al gobernador Herodes, quien había tomado por esposa a Herodías, anteriormente casada con el hermano del dirigente citado. Estando preso San Juan Bautista, Herodes realiza un banquete y Salomé, hija de Herodías y del difunto hermano del gobernador (por lo tanto hijastra de Herodes), comienza a danzar al son de la música. En directo, claro. Emocionado por la gracia de los movimientos de la joven, no dejen de ver la danza de los siete velos que interpretó Rita Hayworth como Salomé, Herodes le concede un deseo. Herodías, su madre, le sugirió que pidiese «un pequeño presente»: la cabeza del Bautista. Dicho y hecho. Existen miles de versiones pictóricas de la macabra escena. No es menester reproducirla.
El historiador casi contemporáneo Flavio Josefo (38-100) explicó en «Las antigüedades judías» que la condena a muerte del Bautista fue más bien una decisión de Herodes. Quizá necesaria para no dar pábulo a posibles revolucionarios: «Herodes empezó a temer que la gran capacidad de Juan para persuadir a la gente podría conducir a algún tipo de revuelta, ya que ellos parecían susceptibles de hacer cualquier cosa que él aconsejase. Por eso decidió eliminar a Juan adelantándose a atacar antes de que él encendiese una rebelión». Hoy se da más valor histórico a esta causa de ajusticiamiento que a las esgrimidas por la Biblia. Un dato significativo es que muchos seguidores del Bautista vieron en él al único y verdadero transformador de la espiritualidad judía, sin considerar la opción de seguir a Cristo.
Dónde acabó la cabeza del Bautista es todo un misterio, pero a día de hoy su cráneo autentificado y de una pieza se conserva en cerca de una decena lugares. La catedral de Amiens en Francia y la iglesia de San Silvestro in Capite en Roma cuentan con los documentos más antiguos al respecto, aunque al ser ya de la Edad Media, son en realidad muy posteriores a los hechos. En otra época la fe movía montañas, además de algunos intereses menos elevados. Eso no sólo lo sabe Robert Langdom, quien carecía del citado don, también muchos creyentes que sí lo disfrutan. Felicidades Juan.
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