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ÓSCAR CALVÉ
VALENCIA.
Domingo, 15 de octubre 2017, 00:13
Hoy es un día propicio para detenerse en el retablo de San Martín con Santa Úrsula y San Antonio Abad, una de las muchas joyas pictóricas que conserva el Museo de Bellas Artes de Valencia. No se trata de un capricho. De hecho, una de sus tablas es la óptima presentación de la efeméride que nos ocupa. El próximo sábado es la festividad de Santa Úrsula. Es cierto que la gran mayoría no está familiarizada con esta santa cuya veracidad histórica granjea serios problemas. No obstante, en otro tiempo, Valencia se rindió a su devoción. Como otras veces, me permito aconsejar algo de empatía con otro período, el medieval. Para muestra un botón. En aquella época donde la fe en los santos y en su protección divina alcanzaron su cenit, también se comercializó con cuernos de unicornio a precios que superaban con creces al del oro. A los citados cuernos, en realidad colmillos de un cetáceo (narval), se les otorgaban poderes milagrosos, motivo por el cual eran objeto de oscuro deseo de los grandes monarcas y papas. Espero que el ejemplo sirva para ilustrar los cambios culturales, pues a menudo adoptamos una postura arrogante a la hora de interpretar acontecimientos del pasado. De hecho, sería interesante poder invertir los factores: si cualquier ser humano nacido antes del siglo XIX viera las noticias de esta semana donde se alude a la pulga argentina como 'Dios' o 'Messías', no se quedaría menos estupefacto que nosotros al acercarnos a la mentalidad de su época. El caso es que, volviendo a Santa Úrsula, su impacto en nuestra ciudad a lo largo de los siglos fue considerable. Nuestros más ínclitos oradores la tuvieron presente en sus predicaciones, se representó en diversos retablos y fue el motivo central de composiciones poéticas. Incluso se construyó junto al portal de Quart un importante conjunto arquitectónico bajo su advocación -con una compleja y casi secreta historia posterior-, que hoy denomina uno de los centros de la Universidad Católica de Valencia. Si su recuerdo en Valencia queda fuera de toda duda, la propia historia, o mejor, la leyenda de Santa Úrsula acompañada de once mil vírgenes -quizá sólo once-, es un relato fascinante en sí mismo que sin duda haría las delicias de nuestros antepasados. Compruébenlo.
Según diversas fuentes, todas posteriores a los supuestos hechos, Úrsula habría vivido entre finales del siglo IV y el siglo V. Les sintetizo lo que escribía allá por el siglo XIII Jacopo de la Vorágine, el autor de la Leyenda Áurea, el Best Seller por excelencia de la época. El hagiógrafo genovés no dudaba en dar rienda suelta a su imaginación y añadía detalles de cosecha propia a lo asentado por la tradición. Con todo, el éxito de su obra marcó cómo pasaría la historia de Úrsula para la posteridad. En la Bretaña de la cuarta centuria, en Cornualles, reinaba un matrimonio cristiano que educó en esa fe a su hija Úrsula, una joven bella, honesta y hermosa como ninguna otra en la tierra conocida. La noticia de su existencia llegó a oídos del único rey heredero de toda Inglaterra, obviamente pagano, quien no dudó en solicitarle matrimonio. Úrsula cedería a cambio de excéntricas condiciones: disponer de diez amigas, que contarían, al igual que Úrsula, con mil camareras al servicio de cada una. Todas vírgenes. También habría solicitado una impresionante flota para que, durante los tres años previos al matrimonio, las mujeres pudieran viajar por donde se les antojase. Además, en el citado trienio, el heredero al trono y pretendiente de Úrsula debía prepararse para el bautismo y, una vez celebrado el matrimonio, tendría que respetar para siempre la virginidad de la futura santa. Ustedes, ingeniosos lectores, habrán captado, más allá de las licencias a la invención, el quid de la cuestión. Úrsula habría lanzado un órdago en toda regla para evitar el matrimonio, dando especial relevancia a la preservación de su virginidad. Así emulaba una de las tantas virtudes de la mujer más modélica para la cristiandad, la Virgen María. Pero su pretendiente aceptó. Y así comenzó un dilatado viaje que acabaría abruptamente en Colonia, donde las tropas de los hunos, recelosas ante la fama adquirida por la numerosa comitiva cristiana, martirizaron a todas sus componentes. Aunque resulte increíble (y aunque varios expertos han demostrado que en realidad parece ser que a Úrsula sólo le acompañarían 11 mujeres), este relato, con variantes de todo tipo, fue el que caló entre los fieles. Baste señalar que una versión anterior de la historia, del siglo XI, citaba que el martirio de Úrsula en la ciudad alemana fue obra del propio Atila, fuera de sí por no conseguir el amor de la joven. Los finales de todas las versiones coinciden en que las once mil vírgenes fueron martirizadas. Úrsula entregaría su vida al Señor tras ser asaetada, el resto tras ser pasadas a espada.
El carácter fantástico del relato no hizo más que acrecentar la devoción hacia la santa, amplificado en Valencia a través de nuestros famosos predicadores. A finales del siglo XIV, Francesc Eiximenis, la persona más influyente en el gobierno valenciano, introdujo en una de sus obras, en su 'Terç del Crestià', una intensa loa en favor de Santa Úrsula. Vicente Ferrer haría lo propio en sus sermones. De este modo, la fama de la santa corría como la pólvora. En Valencia y en todo el continente. No es de extrañar que el propio rey de la Corona de Aragón, Martín el Humano, auténtico caza reliquias de la época, contase entre sus tesoros con fragmentos de los cuerpos de la protagonista de la semana. Y también de alguna de las Once Mil Vírgenes. Las imágenes de Santa Úrsula proliferaban y nuestra ciudad, a tenor de lo explicado, no sería una excepción. Recuérdese el retablo con el que comenzaba este relato, el conservado en el Museo de Bellas Artes de Valencia. Fue pintado a comienzos del siglo XV por uno de los pinceles valencianos más prestigiosos, el de Gonçal Peris Sarrià, bajo encargo de Berenguer Martí de Torres, quien estaba casado con doña Úrsula de Aguilar. De izquierda a derecha, la primera gran tabla representa a Santa Úrsula con las flechas como símbolo de su martirio. Sabrán que un retablo era mucho más que un mueble decorativo. Era uno de los bienes más relevantes para mostrar la piedad y solicitar la intercesión divina del santo representado en el más allá, siempre en beneficio de la familia que había encargado la pintura. No en vano, era práctica habitual suplicar el favor divino a través de la representación de los santos homónimos de los comitentes. Un factor que convertía los retablos en objetos personalizados como muestra particular de devoción y de perenne súplica para la salvación. De ahí que esta obra figure a San Martín, por deseo de Berenguer Martí, y a Santa Úrsula, para la protección de su esposa Úrsula de Aguilar.
Durante el siglo XVI la devoción hacia nuestra protagonista aumentó en todo el continente, cuestión que facilitó la creación en Brescia (Italia) de un instituto secular, la Compañía de Santa Úrsula, que a su vez derivaría en una orden religiosa que adoptaría como "manual" la regla de San Agustín. En ese contexto se construye en Valencia a principios del siglo XVII una iglesia y un convento de religiosas Agustinas Descalzas bajo la advocación de Santa Úrsula. El conjunto fue fundado en 1605 por el arzobispo valenciano San Juan de Ribera, aunque tardaría décadas en estar finalizado. El edificio más imponente es el de la iglesia. Fue restaurada casi un siglo atrás, pero mantiene muchos elementos ornamentales originales. El convento fue totalmente remodelado en la década de los 60 de la pasada centuria. Pese a ello, si se fijan atentamente, desde la calle pueden ver una espadaña con dos campanas que evocan un pasado con mucha historia. Más allá del ajetreado devenir de cualquier casa religiosa en la España de los dos últimos siglos, el conjunto de Santa Úrsula guarda un secreto para muchos inimaginable. Durante la Guerra Civil, sus muros fueron tomados por la GPU, la policía política soviética, que hizo del recinto sagrado en origen dedicado a la legendaria santa, una prisión y un centro de extorsión sin norma alguna. La llamada "Gran Purga", la violenta campaña contra todo lo que se considerase antiestalinista llevada a cabo por los precursores de la KGB llegó a Valencia, a la caza de supuestos colaboradores de Hitler, Franco y Mussolini. Santa Úrsula se convirtió en una de las checas más temidas del territorio nacional. Varios autores señalan que las torturas allí ejecutadas fueron más sanguinarias que las sufridas por la mítica santa, cuyo nombre, según se ha visto, no ha dejado de estar presente en la historia de nuestra ciudad.
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