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ÓSCAR CALVÉ
VALENCIA.
Sábado, 2 de septiembre 2017, 23:51
«Beatus qui intelligit super egenum et pauperum». Bienaventurado el que piensa en el necesitado y en el pobre. Así comienza el salmo 41 de la Sagrada Escritura. Con la cita a este pasaje bíblico empezaba también el sermón que un lluvioso día de septiembre de 1772 pronunció Vicente Peris, catedrático de Filosofía y Teología de la Universitat de València, en honor a santo Tomás de Villanueva. La elección de ese íncipit por parte del orador pretendía ilustrar en pocas palabras la vida de un hombre que nació en Fuenllana (Ciudad Real) en 1486, que se crió en la cercana localidad de Villanueva de los Infantes y que pasaría los últimos once años de su vida ejerciendo como arzobispo de Valencia. Un hombre que con su oratoria «conmovía hasta las piedras» en palabras de Carlos I. Un religioso que dejó en nuestra ciudad una huella social que, afortunadamente, sigue de plena actualidad varios siglos después merced a una cátedra que lleva su nombre. Un promotor que levantó en Valencia uno de los edificios más representativos, sea por la propia obra como por su funcionalidad, aunque hoy sólo lo conozcamos por antiguas fotografías. Hoy hablamos de Tomás de Villanueva, 'el obispo limosnero', cuyo fallecimiento se produjo en nuestra ciudad el 9 de septiembre de 1555, efeméride que acontecerá por tanto el próximo sábado.
Beatificado en 1618 -coincidiendo con la fuerte controversia en Valencia respecto al venerable Simón-, Tomás de Villanueva llegó a los altares de la santidad el 1 de noviembre de 1658. A buen seguro habrán escuchado en alguna ocasión el popular y no menos sabio refrán «Dame un pez y cenaré esta noche, enséñame a pescar y cenaré siempre». Pues bien, uno de los grandes méritos de Santo Tomás de Villanueva fue aplicar el refrán como sistema de recursos de provisión de los pobres e indigentes de la Valencia de su época. Puso en valor el concepto de caridad como la actitud solidaria con el sufrimiento ajeno y no tanto como el de la necesaria pero efímera limosna para el socorro de los necesitados. Así lo resumió en un escrito: «La limosna no sólo es dar, sino sacar de la necesidad al que la padece y librarla de ella cuando fuere posible».
Hijo de un matrimonio acaudalado, Tomás García Martínez nació en Fuenllana a finales de 1486. Sus padres, residentes en la población que da el sobrenombre al santo, huyeron temporalmente de Villanueva de los Infantes a causa de un severo brote de peste que entonces azotaba aquella localidad. Una vez pasada la amenaza, la familia regresó a su domicilio, conservado parcialmente en la actualidad. En el proceso de canonización varios testigos advierten su entrega para los más necesitados desde bien niño, si bien no debe desdeñarse otro aspecto: su formación teológica realizada en la Universidad de Alcalá de Henares a principios del siglo XVI. Este prestigioso centro, fundado por el Cardenal Cisneros, se convirtió en referente de la reforma religiosa durante el reinado de los Reyes Católicos, liderada por figuras como el propio Cisneros o Hernando de Talavera, cuyo compromiso con la observancia estricta bien pudo influir todavía más en el solidario carácter del joven Tomás. Eminente profesor, fue requerido en la Universidad de Salamanca, pero en lugar de la docencia, prefirió el ingreso en la orden agustina cuando contaba con 30 años. En poco tiempo se convertía en prior del convento agustino de Salamanca.
Daba comienzo una trabajada y exitosa carrera dentro de la orden, en contexto castellano. Veterano y excelso predicador, su misticismo fue admirado y seguido por Carlos I, cuya participación fue determinante en el nombramiento de Tomás de Villanueva como arzobispo de Valencia en 1544, quien pese a su reticencia inicial al cargo se vio forzado a desempeñarlo cumpliendo el voto de obediencia. Su altruismo se hizo patente nada más llegar a nuestra ciudad. Lejos de la tradicional pompa que acompañaba a los anteriores obispos (por cierto, casi nunca residentes en la diócesis que gobernaban), prefirió alojarse en el desaparecido convento agustino de Nuestra Señora del Socorro, en el espacio que hoy ocupa el colegio Jesús y María (Gran Vía Fernando el Católico, 37)». Los regalos que le fueron entregados a su llegada los destinó a obras pías, levantando el recelo de un clero entonces aficionado a excesos y corruptelas. No en vano, retomó la llamada visita pastoral para cerciorarse el estado en que se hallaba la diócesis que acababa de tomar. Conminó a los más pudientes a la entrega de parte de sus bienes, no sólo para socorrer eventualmente a los indigentes, sino para promocionar actividades que abogaran por soluciones definitivas.
Parte de una solución conjunta al problema de la relajación del clero y de la mendicidad se consiguió mediante la creación del Colegio Mayor de la Presentación de Nuestra Señora, por él gestionada. Inaugurado el 7 de noviembre de 1550, la inmensa construcción que durante más de cuatro siglos pervivió en la intersección de las calles Joaquín Sorolla y La Nau, supuso todo un adelanto a lo que pocos años después sentenciaría la Iglesia en el Concilio de Trento: la de formar intelectualmente a futuros pastores para que más tarde estos se volcaran espiritualmente en los fieles con renovados valores. Para muchos fue el primer seminario del mundo.
El motivo de la advocación del nuevo centro académico y una notable particularidad afín a su personalidad la conocemos por una declaración de Santo Tomás de Villanueva: «he levantado y fundado en esta insigne ciudad de Valencia un Colegio de pobres estudiantes, que es invocación de la Virgen María del Templo, porque en el día de la Presentación de esta Santísima Virgen al Templo, favorecido de nuestro Señor y de su divina gracia, fui presentado a recibir el hábito de N. Padre S. Agustín en el convento de Salamanca, y en memoria de tan grande merced y beneficio como recibí aquel día, he dedicado este Colegio a la Santísima Virgen».
Efectivamente, en cada nueva promoción se incluían 10 becados que carecían de recurso alguno, garantizando que la predicación de la pobreza se predicase con conocimiento de causa. Tomás de Villanueva se opuso a las recomendaciones que le proponían preparar su eterna morada en la catedral de Valencia y dictaminó que fuera enterrado en el citado convento de los agustinos observantes de la ciudad, en la iglesia del «Socós», aunque las vicisitudes del siglo XIX forzaron el traslado de sus restos a la seo valenciana».
La naturaleza socialmente comprometida de Valencia que con tanta fe promocionó Santo Tomás de Villanueva adquiere hoy una notable revalorización merced a una cátedra fomentada por la Universidad Católica de Valencia y la institución que el santo creó. Su director, José Máximo Lledó López-Cobo (también rector del Colegio Mayor-Seminario de la Presentación y Santo Tomás de Villanueva sito a pocos metros de la antigua sede), junto al propio cardenal Cañizares, encabezan la promoción de nuevas soluciones a la pobreza extrema desde una metodología multidisciplinar y científica que aboga por propuestas como la agricultura de precisión (alimentos transgénicos) y planes de sostenibilidad a nivel mundial. De hecho, los días 5 y 6 del próximo mes de octubre se desarrollará el II Congreso Internacional 'Pobreza, hambre y sostenibilidad: Por una nueva humanidad'. Dirigido por José Luis Sánchez (Vicerrector de la Universidad Católica de Valencia), reunirá 50 expertos de distintas universidades, encabezados por personalidades como Richard John Roberts, Premio Nobel en Medicina, Marc Van Montagu, creador de las plantas transgénicas o Jeffrey D. Sachs, Director del Centro para el Desarrollo Sostenible en el Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia. Aunar esfuerzos de instituciones públicas y privadas para garantizar el acceso de la población del planeta a una nutrición completa atendiendo a la sostenibilidad de los sistemas de producción alimentaria, es el loable fin de este evento abierto sobre el que pueden informarse en la página web de la Universidad Católica de Valencia. Parece indudable que el mismo Santo Tomás de Villanueva estaría satisfecho de ver tan activo su legado para con los pobres. Máxime cuando las medidas a debatir enseñan a pescar, no a entregar unos cuantos peces. ¿Hay mejor manera de honrar su vida y obra? «Beatus qui intelligit super egenum et pauperum».
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