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R. González
Pedreguer
Lunes, 30 de septiembre 2024, 12:51
La ferretería Fabián de Pedreguer bajará la persiana definitivamente hoy lunes, último día septiembre, tras casi un siglo de historia. Se trata del único negocio de ese tipo en el municipio. La falta de relevo generacional, sumado a que nadie ha mostrado interés por el traspaso, ha llevado a sus propietarios, José Vicente García Artigues y su esposa Josefa Moll, a abrir por última vez. Ellos, a sus 67 años de edad, ponen fin a su vida laboral sin haber encontrado a la persona que quiera tomar el relevo.
«Es una gran pena, pero nos tenemos que jubilar, nos hemos hecho mayores», admiten con tristeza al pensar que nadie va a recoger el testigo. Les habría gustado que alguno de sus dos hijos hubiera seguido sus pasos, pero sus vidas se han dirigido hacia otros derroteros.
El negocio se fundó en plena Guerra Civil. Se puso en marcha en el año 1938, como figura en la tarjeta de empresa de José Vicente García, quien recalca que ese es el nombre que figura en su carné y que todo el mundo le conoce como Fabián. Por aquella época, la tienda era un bazar, un economato, y estaba situado en la plaza de la iglesia. En el 50, un pariente de José Vicente la compró y desde entonces ha pertenecido a la familia.
Una década después, esa especie de bazar abandonó su ubicación y pasó a la actual, en la calle Cavallers, que en aquellos tiempos se denominaba Caballeros.
José Vicente comenzó a trabajar en la ferretería cuando contaba con 14 años. «Yo me he criado aquí», recalca. A pesar de su juventud, no sólo se encargaba de guardar el material, sino que también despachaba a los clientes y, cuando no estaba allí, ayudaba a su padre en el campo. Recuerda que en esos tiempos en la tienda había un poco de todo, ya que también funcionaba como droguería y perfumería. A su mente vienen recuerdos de cuando las mujeres acudían con sus botellas a comprar. «Nos pedían una determinada marca y nosotros las rellenábamos por onzas».
Según explica, llegaron a tener azúcar, libros de escuela y material escolar antes de que abriera en Pedreguer la primera papelería. «Había de Geografía, Lengua, Matemáticas y religión, incluso tuvimos enciclopedias», enumera mientras intenta hacer memoria de las asignaturas de entonces.
Hace 32 años decidió dar el paso y se convirtió en el propietario del negocio en el que había trabajado desde pequeño. Pasó a llevar las riendas de la Ferretería Fabián. Pero no ha estado sólo en esta aventura como empresario. A su lado ha tenido a su mujer.
«Yo soy de Teulada y desde que me casé estoy aquí», comenta Josefa desde detrás del mostrador. «Aprendí a hacer llaves y me acoplé porque me gusta el comercio». Su madre tenía una tienda de telas y ella la llevaba, de manera que no le venía de nuevas el tratar con los clientes. Según dice, el trabajo en la ferretería es sacrificado y te tiene que gustar para aguantar tanto tiempo. En su opinión, la clave en la atención al público reside en «tener paciencia» porque a veces sólo acuden a por un tornillo o una tuerca.
Como en todo, el negocio atravesaba temporadas altas y bajas. «Cuando empieza el cole entra menos dinero porque las familias tienen que comprar libros y también pasa lo mismo en Navidad, cuando hay que hacer regalos», indica Josefa.
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José Vicente siempre tiene algo entre manos. Con orgullo muestra una pieza metálica extraña. «Esto sirve para coger los higos chumbos sin pincharte», dice mientras muestra el artilugio. Luego saca unas agujas peculiares, esas que se utilizan para coser la palma o el esparto trenzado. «Un herrero, Cuello, me hizo mil» y aún le quedan algunas, pero no las va a vender, se las va a quedar.
A su alrededor todavía queda material en las estanterías. Diferentes tipos de llaves, cerraduras, trampas para ratones, una romana, candiles, mosquetones, cajas de herramientas, sierras, discos de corte, cuerdas… También disponen de menaje para el hogar, como ollas, sartenes, paellas y algún porrón de cristal.
Poco a poco querían vender todas las existencias. Sabían que era difícil haber agotado para cuando llegara este día y aún les quedan productos en las estanterías. No obstante, hoy echarán el cierre y luego se irán deshaciendo de lo que quede. Por suerte, no tienen que vaciar ya el local, porque es de su propiedad y, además, ellos tienen su casa en la parte de arriba del edificio.
Mañana martes será un nuevo día, pero diferente. Reinará la tranquilidad, se plantearán hacer algún viaje y él se entretendrá en el campo. «Hemos trabajado todo lo que hemos podido, el pueblo se ha portado muy bien con nosotros, pero ahora toca descansar», concluye Josefa.
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