Uno de los mejores silencios del mundo es el de la mañana del 20 de marzo. Pero no el de esta semana, ni tampoco el del pasado año. Me refiero a ese silencio de cuando se han terminado todos los petardos, todos los castillos, todos los pasacalles. Ese silencio de cuando ya hemos quemado las fallas y esta mañana está todo limpio de nuevo, todo purificado.
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Es un silencio que no lo tiene cualquier día. Es especial, salado, luminoso. Es silencio en estado puro, como cuando llega el día al terminar una mala noche o se asoma el sol tras semanas de tormenta. Pero a diferencia de aquellos, este es un silencio alegre y cómplice.
Es un silencio que guarda los secretos de conversaciones a destiempo. De cafés que sí hemos tomado, de verbenas lejanas, de pasacalles. Es silencio de tarea cumplida, de cosa hecha, de tomar fuerzas hoy y resurgir mañana. Es un silencio somnoliento y legañoso, de ir a trabajar cansado pero contento.
Sin toda la explosión previa, sin toda la música, sin el color, sin las sedas, sin los peinados y sin las peinetas, el silencio del 20 de marzo de este año fue tan insoportable como el de cualquier otro día desde hace un tiempo.
Sí, pudimos seguir algunas cosas por internet y vimos muchas fotos, escuchamos el masclet de las 14 horas y nos alegraron los balcones decorados que se iban asomando por Dénia. Pero no es lo mismo, todos lo sabemos. La gente que se viste todos los años y la que no lo hacemos. Los músicos, modistas, utileros, artistas, peluqueras y buñoleros. Tenderos que venden cohetes y quienes hacen arte con pirotecnia. Propios y extraños. Hasta quien detesta las fiestas, que los hay porque de todo tiene que haber, sabe que no es lo mismo. Que no será lo mismo hasta que salgan los ninots a la calle y los quememos.
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Ojalá tuviera la capacidad de saber cuándo sucederá eso, pero no la tengo. Hay veces que digo algo así de cualquier tema y escucho a cambio que no es tan importante, que primero la salud y bla bla bla. Pero ya son tantas cosas las que resultan no ser tan importantes que estoy comenzando a darle importancia a absolutamente todo lo que antaño solía ser normal. Como ese preciso silencio.
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