Desde aquel primer Sputnik del año 1957, los humanos hemos lanzado al espacio unos siete mil satélites artificiales. Pero Elon Musk, al que pongo fuera ... del apartado humano con intención, ha añadido unos 12.000 más, una galaxia que la NASA contabiliza e intenta catalogar con creciente dificultad y, desde luego, en lista aparte. Quiero decir con esto que hoy en día no hace ninguna falta que Pedro Sánchez vaya a Davos, venga a Valencia o se incline ante el Santo Padre: una tecnología aplastante, poderosa como jamás, permite lo que se quiera hacer sin necesidad de salir del bunker de la Moncloa.
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Pero todavía no ha muerto el viejo contacto humano. Ese conjunto de claves de la inteligencia y la sensibilidad que hace de la especie humana algo distinto, no diré superior, que esas ballenas, delfines, orangutanes o ruiseñores, que se miran, reconocen, tocan, escuchan y huelen para establecen mil modos de comunicación. «Ahora toca gestión, gestión y gestión. Habrá tiempo de visitar los municipios afectados. No es momento de la foto sino de la gestión». Más insensible que un león marino, menos comunicativo que una serpiente de cascabel, el presidente Sánchez, el jueves, vino a Valencia con diez ministros para escuchar a una selección de los 28 alcaldes invitados al Temple, el palacio del poncio, la casa de Posada Cacho y Oltra Moltó, remozada con pantallas de plasma.
Es verdad. Es la hora de la gestión. Mucha, intensa, generosa, organizada, rápida y diligente. Pero me pregunto si no será hora también no ya de hacer innecesarias fotos con niños y abuelos -que siempre se buscan, pero ahora resulta que no-, sino de recobrar algo de más calidad: viejos gestos solidarios, de reconocimiento humano en medio de la amargura; señales, roces, rituales de antena, los únicos capaces de restablecer los climas de esperanza, de confianza, súbitamente perdidos. Un Pedro Sánchez que se niega a entrevistarse con Carlos Mazón y le esquiva es, más que un maleducado, un sectario. Una organización que invita a los ayuntamientos dañados por la riada y olvida a la ciudad de Valencia, comete con los valencianos, deliberadamente, una grosería que ya hay que anotar en el debe de la ofensa. Ahí van 1.370 millones más. Quizá los ministros, cuando añaden dinero, ventean mejor que el mandarín de la Moncloa que hay indignación en la calle. Se intentan corregir los errores de bulto de los primeros días y se añaden ayudas imprescindibles. Pero este juego no va solo de dinero. Ni siquiera solo de gestión. ¿Cómo va a confiar en su humilde idea de recuperación el dueño de un taller que ve el desdén con que el poder trata a las autoridades de esta Valencia herida? El dinero, por sí solo, no genera confianza. Y servido como Sánchez lo brinda, antes parece una propina, una prenda de sumisión.
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