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Ha sido sacrificar Ximo Puig a Aurelio Martínez en el ara del interés electoral, y empezar a caer fuego amigo sobre una de las líneas ... de negocio que explota el puerto de Valencia, la de los cruceros turísticos, en un a modo de segunda parte del ataque a los pisos turísticos. Sandra Gómez amenazó con limitar el número de atraques. Un periódico comentó que frenar la llegada de buques podría ser excesivo pero que ciertamente los cruceristas molestan más que otra cosa. Y hasta el presidente de Balearia Adolfo Utor estimó que no estaría de más precisar en este contexto que los cruceros son como el mejillón cebra: «Una especie invasora de los puertos». Lo dicho: una cascada de pronunciamientos que está pidiendo a gritos calma y tranquilidad. Antes de que Gómez reaproveche las cadenas que Alfonso el Magnánimo se llevó del puerto de Marsella para cerrar el de Valencia a estos hoteles flotantes de cuatro y cinco estrellas convendría que se sopesaran los pros y los contras de tamaña decisión. No seré yo quien discuta que es probable, como aventuraba el amigo JC Martí, que el gasto de un centenar de cruceristas en su apresurado periplo por el centro histórico no supere los 20€. También es posible que algunos de los desembarcos masivos de pasajeros originen molestias a los transeúntes. Y que un trasatlántico de semejante tonelaje contamine más que el velero bergantín de la canción de Espronceda. Con todo y con eso considero que sería una irresponsabilidad impedir que baje a tierra uno solo de los miles de prescriptores turísticos en potencia que viajan a bordo de estos barcos. Los que se han pasado la vida prometiendo que situarían a Valencia en el mapa no pueden ponerse quisquillosos ahora que ya figura en las cartas de navegación de este tipo de estas lujosas embarcaciones. Magnificar los inconvenientes y minusvalorar lo que representa no ya que Valencia figure como escala de unos viajes de ensueño que hasta hace poco sólo recalaban en Venecia, Hawai o Tahití, sino que muchas de las travesías comiencen y terminen en el Grao es pernicioso. Máxime cuando se da la casualidad de que una semana antes de que de la señora Gómez hiciera público su propósito el director de Visit Valencia, su camarada Antoni Bernabé, declaró que en 2023 sólo coincidirán cuatro escalas. Cantidad que, desgraciadamente, podría ser menor porque, según el Boletín Estadístico de Valenciaport, durante el primer trimestre del presente año han hecho escala 40 cruceros menos que en el mismo periodo de 2022. Aunque el colmo de los colmos es que Gómez ha ido a copiar a Ada Colau cuando la también socialista Francina Armengol resolvió hace tiempo el problema coordinando las arribadas con las distintas navieras.
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