Más de cuatro meses después de la gran riada, las calles regresan a su estado inicial, la mayoría de los garajes están limpios, funcionan los servicios, hay agua, gas, electricidad, los coches han sido retirados, el campo se va rehabilitando, el dolor se hace más soportable, alguna gente ya sonríe, las ayudas llegan -unas más que otras, como siempre- y el estado de caos y putrefacción generalizada parece haberse esfumado. Esa cierta normalidad recobrada, que alienta la vida doméstica, estalla sin embargo al observar el guirigay de la vida política, para el cual no pasan los días. Se diría que la política vuela autónoma en una esfera impenetrable, blindada al real discurrir de la calle. Que permanece muy por arriba y emite en otra longitud de onda. Apenas logra rentabilizar la positiva evolución cotidiana de los municipios arrasados, a la que ha contribuido de forma decisiva. Han sido enormes los trabajos de la Generalitat y del Gobierno en estos cuatro meses a fin de reestablecer las tareas cotidianas. Y lo que aún queda. Se entendería, pues, que la política estuviera discutiendo sobre la aceleración de las gestiones, deliberando sobre los detalles técnicos -los nuevos modelos de sensorización, la mayor eficacia en las alertas, el mejor modelo para encauzar los barrancos, las tareas de limpieza de la Albufera, etc.- peleándose por las lentidudes administrativas, acalorándose sobre los programas de trabajo en torno a la nueva ordenación del territorio. Nada de eso. La política se ha enfrascado en una dialéctica perversa cuyo único fin parece ser el de la búsqueda de culpabilidades, de una parte y de otra. Asistimos perplejos al aumento indiscriminado del estupor: por una parte, la participación de la esfera pública en la puesta en marcha de la maquinaria de recuperación está siendo esencial; por otra, el ruido insistente en torno a la indagación de las culpabilidades quiebra cualquier sensación de leve ufanía. Dos mundos y dos velocidades. La bronca política por arriba. Las labores domésticas por abajo.
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No es despreciable la tesis de que el guirigay político se origine a partir de una única causa: la falta de información. Es difícil encajar los fragmentos dispersos de la realidad en la gestión de la crisis desde el 29-O. La falta de transparencia ensucia el debate político y, como consencuencia, extiende una sombra ignominiosa sobre la gestión positiva de las instituciones. Fomenta la sospecha, abre el abanico de especulaciones, envilece las instituciones, promueve bulos y paranoias y acaba en la práctica en un zafarrancho de combate ajeno a la coyuntura diaria que viven los afectados. La misma política que rehace los municipios castigados se desacredita a sí misma. De hecho, las encuestas castigan a los dos partidos mayoritarios que son, a su vez, los que gobiernan y los que están auxiliando a los vecinos. Y no importa ahora qué administración ha sido la más imprudente o desacertada, a cuál hay que trasladar los errores y omisiones. Ya se verá cómo se ha actuado, cuáles han sido los controles o las imprevisiones, los acuerdos y desacuerdos, el capítulo de demagogias, los horarios cumplidos, las comparecencias y ausencias, la gestión de la tragedia y la gestión de la postragedia (y las desidias, si las hubiese, sobre la intervención en el territorio y la eficacia de los controles establecidos en etapas pasadas). Ya digo que ahora no tratamos aquí de esos lances. Objetamos la insuficiente reacción 'mecánica' -y el déficit democrático que supone- en el vertido de toda la información sobre la opinión pública, sin desviaciones o sesgos, primero porque es una obligación democrática y después porque es una manera fundamental de esquivar el desgaste político. La idea de democracia contiene tres componentes básicos: igualdad de derechos, control del poder (especialmente de los abusos) y deliberación colectiva, y hay que añadir a estos tres elementos, la transparencia, que los impregna a todos. Lo que observamos ahora es un juego abyecto, encerrado en sí mismo, que a su vez promueve una trampa mortal contra la misma política.
El error de perspectiva es colosal, y puede que esté causado por el 'sindrome de Fabrizio del Dongo', inherente al 'oficio' de la política (y también al del periodismo). El 'síndrome' es conocido: el protagonista de 'La cartuja de Parma' se halla en los campos de Waterloo el día de la batalla y se pregunta si el barullo que contempla alrededor es una simple escaramuza o algo de mayor interés. Las luces largas no son, desde luego, una virtud de la política, ni del periodismo, tan cercano. La falta de perspectiva anula el hecho de 'vivir en la historia'. Basta seguir el mapa de las discusiones en estos cuatro meses para advertir las dimensiones del drama. No se discute, insisto, sobre el modelo de gestión futura o sobre los detalles de cómo actuar de forma más eficiente en la recuperación sino que ese marco ha sido sustituido por un océano de recelos, desconfianzas, especulaciones, culpabilidades, ocultaciones, acusaciones, descuidos e inexactitudes que vuelan como si estuvieran si se hubieran despegado de la tierra pedestre y ordinaria. Es una dialéctica entre dirigentes políticos, sobre sus presencias y ausencias, sus errores y culpas. Como si no hubiera algo obvio y muy sabido. En democracia, lo importante no son las personas -basta advertir que cambian cada cuatro años, su temporalidad es manifiesta- sino las instituciones. Y son los dirigentes 'inquilinos' de estas instituciones los que han de preservarlas y dignificarlas. Y no parece que el hecho de separar dos universos, el del griterío politico y el del vecindario y la calle, sea una buena idea.
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