*MÁSTER EN HISTORIA MILITAR DE ESPAÑA. (INSTITUTO UNIVERSITARIO 'GENERAL GUTIÉRREZ MELLADO')
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Suenan los clarines de la celebración. El 24 de febrero se cumplieron los ... quinientos años de la tan nombrada y renombrada Batalla de Pavía. En la que las fuerzas armadas del imperio español de nuestro Carlos I hicieron morder el polvo a las de la monarquía francesa; en particular, a su propio rey: Francisco I. En el enfrentamiento que ambos poderes dirimían por el dominio sobre el territorio italiano.
De trascendencia tal que hasta nuestros compatriotas de Badajoz se han lanzado a incluir la gesta en su III edición de las Jornadas Extremeñas sobre los Tercios. De la mano de profesores como el Doctor Antonio José Rodríguez Hernández, autoridad en la materia, o militares como Francisco Javier Fernández Villalvilla, Teniente Coronel de Caballería.
¿Debería eso importarnos mucho a los valencianos? En mi opinión, sí.
¿Acaso no somos parte, notable, de los efectos colaterales de dicha contienda?
Francisco I, descabalgado a la fuerza de su montura, está a punto de perecer ante la furia de los soldados enemigos, cuando un trío de nobles españoles que ejercen la caballerosidad lo protegen y lo reducen a la calidad de prisionero de nuestro Emperador; que, por cierto, no está presente en la importante jornada bélica.
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Por ello toca traer al apresado a presencia del victorioso. Del norte de la península itálica, al alcázar de la corte madrileña de los Austrias.
Y... ¿cuál es el mejor y más corto camino? Pues el de la navegación, hasta su desembarco en el puerto de Valencia. Partiendo, desde el Palacio Real, hacia la Corte. Lo cual supone pernoctar, en las primeras etapas terrestres, por tierras levantinas.
Momento en el que aparece nuestro enganche a esta historia tan internacional. Porque hay que buscar los lugares aposentadores adecuados, propios de un monarca; al que, aún vencido, se le quiere tratar bien. Con tanta exquisitez, que hasta se le agasajará.
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Es aquí donde los valencianos deberíamos estar organizando 'algo' para el evento. ¿Quizás nuestras Universidades o Centros Culturales, en su ámbito de Historia Moderna? ¿Quizás nuestras propias, actuales, Fuerzas Armadas? ¿O bien la propia Generalitat (y sus municipios transitados), que tan buena y abundante publicidad turística patrocina?
Sí, quizás ustedes ya lo han recordado. Acogimos al rey francés y le dimos manutención y pernoctación dentro de dos magníficas fortificaciones: la de Benissanó (dieciocho días) y la de Buñol (una noche).
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La primera mucho más palaciega y señorial, en el verde fértil del Campo del Turia, y la segunda más fuerte; en plena hoya chivana y puerta de entrada y salida al sobrio interior cerealista, continuando por Requena. Tal es así, que el propio señor de Benissanó, marcará un programa de estancia real con circunstancias cuyo eco aún resuenan sobre turistas y visitantes del castillo.
La escena del famoso baile que el anfitrión Jerónimo de Cabanilles organizará y en el que pretenderá que sus dos hijas dancen con el rey capturado. Negándose estas, según se cuenta, y originándose la frase lapidaria (visible hoy inscrita en el altillo de las paredes del salón) con que se las reprenderá: «La supervia de vos matará ambas a dos».
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Esta es la legendaria historia que siempre se cuenta a los interesados en la fortaleza de Benissanó. Mostrándoles, en las estancias rebosantes de blasones titulados y policromados, la vidriera emplomada principal que representa a las dos doncellas agarradas por las cabelleras y obligadas al trance al que se negaban. Así como la habitación, amplia y rectangular, donde se afirma que el monarca descansó. Por cierto, con vistas al fresco paisaje del norte.
Aprovechemos, pues, estos días que apuntan a la primavera para acercarnos a cualquiera de los dos castillos (aunque se cueza mejor esta historia, actualmente, en el de Benissanó que en de Buñol) y para leer algo sobre la Batalla de Pavía; de tanto como se puede encontrar a nivel divulgativo en Internet.
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Y que tomen note, quienes deban, de que estamos dejando perder ocasiones muy oportunas para poner en valor esos castillos sobre los que mucho se invierte para convertir en municipales.
Como debió de tomar nota nuestro monarca en su día; cuando comprobó que, tras tanta consideración y agasajo, el rey Francisco I de Francia volvía a levantar pronto sus armas contra su persona y su ejército imperial.
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