Urgente Muere el histórico promotor valenciano Salvador Vila

Por el hecho de amar las inercias, siempre es bueno dejarse abandonar, y aceptar esos ratos inesperados que proporcionan la felicidad. El hecho de haber ... tenido una biografía -y hasta una escritura- sedentaria no es obstáculo para que de vez en cuando un viaje recree lo que pudo haber sido otra vida imaginaria, aunque solo sea por lo visto en una tarde de paseo delicioso con mi amigo Juanjo Martínez Jambrina por Oviedo. Nos obsesiona tanto el hecho de la gran capital, de la nuestra, y de la perspectiva de la comparación con el resto, cuando resulta que hay otra vida recreable, sin excesos ni grandezas, que detesta las comparaciones. Me gustó mucho Vetusta. En cualquier escenario el tontito de la memoria no hace otra cosa que encontrar detalles singulares, con la pretensión de lo auténtico. Somos como zahorís de la memoria que ante un rótulo, una fachada, o un quiebro de las fachadas, salivamos con un lienzo de una muralla, o entrando en una librería de viejo a la que es aficionado Andrés Trapiello. Las ciudades modernas, en su estúpida deriva, desprecian los detalles exactos, que sin embargo son los únicos que proporcionan un perfil singular. Tratamos de recrear lo que ya existe, cuando resulta que los detalles son cualitativos y únicos, y proporcionan paz y serenidad. Una tienda de paraguas y gabardinas de esas de escaparate de madera, condenada a morir por el comercio de franquicia. La belleza de la pastelería Rialto. La placa del edificio en el que nació Indalecio Prieto, el lugar exacto en donde Clarín escribió La Regenta, o esa maravilla que fue un botellín en Casa Montoto, sin televisor ni máquinas tragaperras, pero con un impagable escudo en la pared del Real Oviedo. No hacía falta más. Ni siquiera hacerse fotos almacenadas que pretendan acreditar lo que la buena y amorosa memoria será capaz de conservar para siempre. Los momentos tienen belleza, desde el momento en que deseas compartirlos con las personas que amas. Y dejan de ser recuerdos egoístas. Si el Valencia consiguiera la permanencia y sube el equipo carballón a primera, volveremos a Casa Montoto a comprar otra tarde de felicidad, que se iniciará ante la escultura de Manolo Hugé, La mujer desnuda, de 1930, junto a la Universidad de Oviedo. El Culis monumentalibus de Úrculo frente al teatro Campoamor podría estar en mil ciudades, pero la de Manolo Hugué está en el lugar exacto y adecuado que justifica la sencillez de los emplazamientos diferentes. Es lo que tiene la belleza que no se proclama, al ser capaz de multiplicar los gestos gratuitos de futura belleza, y la promesa de la felicidad. Yo ya me he puesto a la relectura de La Regenta, ahora con la causa justificada de la memoria de un vaso de vino del Bierzo en Casa Montoto.

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