Hay que reconocer que los humanos tenemos lo nuestro, somos apasionados y nos abalanzamos, en ocasiones, sobre ocurrencias de barro como si fueran espadas de ... hierro. Una vez inservibles, cuando el polvo se escurre entre los dedos, la plasticidad de nuestro cerebro renueva los argumentos para encontrar acomodo en una cosa y en la contraria. Evitamos así que nos explote la cabeza. Éste es el pensamiento que me provoca el anuncio de la Comunidad de Madrid de prohibir el uso de tabletas digitales en los colegios, tras años en los que tener todos los libros en un dispositivo era lo más de lo más.
Lo digo porque el efecto moda es intenso en el sistema educativo, y nos hace perder mucho el tiempo. Hace unos lustros la relación con la tecnología era la contraria, y todavía se encontrará en Wallapop algún portátil de los que regaló Zapatero a mansalva. Recordarán que en 2009 el Gobierno anunció el Programa Escuela 2.0. que de inicio prometía un portátil para 400.000 alumnos y 20.000 profesores, que la Conselleria de Font de Mora se opuso a ello porque la cuenta la pagaban a pachas las autonomías, y que fue, evaluación mediante, un auténtico fracaso.
Más allá de la decisión de Zapatero de afrontar la crisis con gasto público, en aquel entonces la digitalización era la tendencia. ¡Cuántos dispositivos, incluidas pizarras digitales, quedaron sin abrir! Los colegios privados punteros vendían la digitalización como reclamo, con metodologías sin respaldo científico. ¿Por qué seguir comprando libros de texto si cabían en una tableta digital?
Ahora, la tendencia es otra y un ejemplo es el anuncio de la Comunidad de Madrid, y otras prohibiciones que limitan los móviles. Claro que ahora hay más evidencias sobre las desventajas del abuso tecnológico en el aula y, en cuanto a los móviles, se trata más de una cuestión de comportamiento y socialización que pedagógico. Sin embargo, de nuevo se busca una receta universal dictada desde la Administración, lo que sacrifica todos los matices del asunto.
Sobre estos asuntos hay que ir más allá de los titulares que leemos en diagonal, no vaya a pasar como ha ocurrido con la consulta lingüística, que se entienda un debate entre tecnología sí, tecnología no, al igual que se entendió la votación como valenciano o castellano. Es absurdo, posiblemente en ambos casos, plantear la decisión en blanco y negro, porque no solo niega la pluralidad, sino que no es cierto. Por de pronto, limita su uso individual en Infantil y Primaria, pero continuará en el trabajo colaborativo, en formaciones optativas y, en definitiva, en aquello necesario para seguir aprendiendo el contenido de los currículos que se engloban en las competencias digitales. Y, por supuesto, seguirá presente en el aprendizaje informal -pongamos un tutorial de cualquier cosa- y en el uso cotidiano y relacional, que también plantea desafíos. La Comunitat Valenciana también anunció la prohibición de móviles en la escuela, pero el anuncio siempre se acompaña de sus pertinentes excepciones.
El problema de estos anuncios políticos que se realizan a bombo y platillo, entonces y ahora, es que conectan por intuición con las familias, pero esconden que, sin evidencia científica, se sustentan en modas que experimentan con sus hijos sin dar explicaciones. De ahí los volantazos guiados por el olfato social y no por la pedagogía. Necesitamos que aquellos que toman las decisiones las justifiquen técnicamente. Por si aclara, un dato PISA: un uso moderado de la tecnología puede tener beneficios, pero un uso intensivo se relaciona con peores resultados académicos.
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.