Un hombre se enfrenta a una pena de nueve años de prisión por abusos sexuales a una joven que empezaron cuando ella tenía 14 años de edad. La denuncia se interpuso casi ocho años después de que se produjera el primer contacto sexual. El informe de Instituto de Medicina Legal, no obstante, resta credibilidad a la joven. El forense considera que tras ese relato hay un intento de la joven por justificar los problemas que ha sufrido en la vida.
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No fue hasta que la víctima acudió a una psicóloga cuando tomó conciencia de que aquellas relaciones sexuales consentidas, ella nunca se negó de manera expresa, constituían, en realidad, un delito. El agresor contaba con 30 años de edad en el momento de los hechos; el doble que su pareja. La acusación particular reclama diez años de cárcel. El Código Penal vigente en el momento de los hechos sólo castigaba una relación de esta naturaleza si se producía en una relación de superioridad o si era menor de 13 años.
El ahora acusado era amigo de la hermana de la víctima. Contactó con ella a través de diferentes redes sociales y paulatinamente fue «ganándose su confianza, deslumbrándola y embelesándola», según el relato acusatorio del fiscal. El joven, al parecer, disfrutaba de un alto tren de vida y hacía ostentación de su posición económica. Estas circunstancias, sumadas a la diferencia de formación y edad y, por tanto, a la inexperiencia de la víctima, le sirvieron para lograr citas de carácter íntimo con la entonces adolescente.
Las insinuaciones de carácter sexual fueron in crescendo en esos encuentros hasta que un año más tarde mantuvieron relaciones sexuales completas. Los encuentros se repitieron desde entonces «de manera frecuente», recoge la acusación pública. Toda esta situación se mantuvo, en sus inicios, al margen del conocimiento de la familia de la joven. Cuando todo trascendió siguieron con su relación de «manera clandestina».
Desde aquel momento, siempre según el escrito del fiscal, la joven ya actuaba «bajo la influencia del impacto emocional» de tener esta relación con su agresor. Se produjo un paulatino proceso de «acomodación, gratificación y resignación» por parte de la adolescente.
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La Fiscalía sostiene que la víctima sufre un proceso de estrés postraumático con síntomas de despersonalización y de elevada inestabilidad emocional con un sentimiento inespecífico de culpa que le genera altos cuadros de ansiedad.
El informe del Instituto de Medicina Legal, no obstante, resta credibilidad a la víctima. La mujer reconoció que tras asistir a terapia «tomó conciencia» de que lo que para ella había sido una relación con un chico. Nunca antes había pensado que su compañero se estuviera aprovechando de ella. Incluso sentía cierta admiración hacia él por el «interesante» nivel de vida que llevaba. Tampoco nunca opuso resistencia a los contactos porque le gustaba «sentirse deseada». Durante aquella etapa mantuvo «numerosas relaciones sexuales» con otros hombres; todos con una diferencia de edad considerable. El forense aprecia que tras este relato incriminatorio existe un intento de «expiar la culpa» de cara a su familia de todo lo que le ha sucedido posteriormente en la vida.
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A lo largo de su versión, insiste en que seguía manteniendo relaciones esporádicas con el ahora acusado porque, tal y como ella reconoce, no se planteaba perder ese nivel de exclusividad del que disfrutaba con él. El juicio, en unas semanas.
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