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Eduardo Zaplana -don Eduardo, le decía su viejo amigo y testaferro Barceló mientras lo delató ante el tribunal que ahora le ha condenado- ha vivido, ... sin duda, sus momentos anímicos más delicados. Los últimos años no han sido fáciles. Los últimos meses, una pesadilla en quien se sabía prácticamente condenado, a la espera de un milagro, una carambola irrepetible, que no se produjo. El horizonte actual invita a poca esperanza para el exministro. Toda la familia, como suele ocurrir en los casos de corrupción, ha salido muy perjudicada.
Ese estado de ánimo, confirmado en su momento con su entorno, no le impedía, sin embargo, exhibir una supuesta entereza a prueba de corruptelas prácticamente hasta el mismo día del juicio e incluso en el desarrollo del mismo. Lucía impecable, regalaba alguna sonrisa y mostraba una incomprensible tranquilidad. Una de las virtudes de quien fue conocido como 'campeón', un especialista en la distancia corta. La distancia del dinero, según los comentaristas del boxeo. El trato, la conversación, el anecdotario. La búsqueda de complicidad. Es ahí donde desplegaba esa capacidad de seducción. Un atleta social que ahora ha de competir contra una invencible condena. Diez años de cárcel. Y por el peor delito para un político: el uso del Palau para enriquecerse.
Por eso, y no por otros motivos, pudo mantener durante años una misma estrategia de defensa en prácticamente todos los acusados. Hasta que llegó el juicio y ese muro de defensa se fue desmoronando sin pausa. Primero fueron los Cotino y luego, casi al unísono, Juan Francisco y Joaquín Barceló... Se quedó solo ante el peligro. Únicamente su asesor fiscal -otro de los condenados- guardó fidelidad. El resultado ha sido pésimo.
Hubo una reunión clave y determinante en todo este proceso. Fue en un domicilio cercano al Mercado de Colón donde se citaron los principales acusados, Zaplana, cómo no, entre ellos. Le trasladaron que iban a confesar y que hiciera él lo mismo, que pensara en su familia. Pero Zaplana no podía permitirse un pacto que, para él, también hubiera estado disponible. Sin embargo, el expresidente ya tenía decidido 'morir' con aquello que dijo desde su detención: «Nunca he tenido dinero en el extranjero».
El estallido del caso generó un enorme impacto. Zaplana fue detenido en pleno centro de Valencia, en una vivienda de la calle Pascual y Genís. Los siguientes nueve meses los pasó en prisión. Un golpe durísimo para este tipo de personas, acostumbradas a vivir en la excelencia. De los restaurantes, los yates en Formentera y los relojes de lujo se pasó al reducido espacio de una celda y la disciplina de cualquier penitenciaría. Entrar en la cárcel resulta demoledor, pero más para una persona que supuestamente tiene una fortuna de millones de euros. La frustración se antoja superior. La suerte a Zaplana parece haberle abandonado. Se benefició de la nulidad de las escuchas en el sumario Naseiro, salió indemne de Terra Mítica, pero todo se terminó en Erial.
El azar, ese factor indispensable en la vida, le sirvió también la política. Llegó a la alcaldía de Benidorm de la mano de una tránsfuga. En la presidencia del PP se instaló tras el desalojo forzoso de Pedro Agramunt, hoy lugarteniente de Francisco Camps en ese supuesto núcleo de poder. Dejó la Generalitat en 2002, pero en su periplo disfrutó de suficiente dinero en la caja y de la financiación de unas cajas de ahorros que terminaron hundidas también en el fango de la corrupción.
Emprendió iniciativas faraónicas como la Ciudad de las Artes y las Ciencias o el parque de Terra Mítica, otro foco que terminó trufado de sospechas de cobro de comisiones después de presentarse como una brillante idea para Europa. Hay quien sostiene que parte del dinero de Andorra, la mayor parte se esfumó entre pérdidas y destinos desconocidos, provienen de las comisiones por la construcción del parque. Un enigma sin solución.
Su ambición le llevó a Madrid, aunque siempre quiso manejar el partido desde la capital. La guerra entre zaplanistas y campistas terminó con el triunfo del segundo. Hace un par de años, los dos protagonistas de aquella batalla política se reunieron y escenificaron un clima de concordia y paz pese a la antipatía que se profesan. Pero la realidad era otra en el backstage.
Al dejar la política, desembarcó en Telefónica con un sueldo superior al millón de euros. Montó también su propia mercantil y le gustaba medrar en la política nacional y autonómica. Siempre se la otorgó una gran capacidad de influencia. Y cuando seguramente pensó que su fortuna estaba a salvo de contratiempos judiciales, apareció el yonki del dinero y un fiscal Anticorrupción que sacaron a la luz sus secretos más inconfesables.
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