aNTONIO CORBILLÓN
Sábado, 4 de marzo 2017, 21:21
Jamás ha hecho honor a su nombre en sus 113 años de vida. Ese sonido metálico y seco que, cuando sonaba a la espalda del reo, era la antesala de un infierno en la Tierra. La cárcel Modelo de Barcelona ha sido en realidad un espejo en el que se ha mirado la realidad de todo el siglo XX español. El relato entre barrotes de La ciudad de los prodigios que, con bastante más realismo mágico, noveló Eduardo Mendoza.
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A partir del lunes de la semana próxima nadie volverá a temer ese sonido. Porque nadie volverá a entrar penado en ese edificio de seis galerías radiales dominadas por un panóptico, una gran rotonda ojo de halcón que ejercía como Gran Hermano. El sueño de todo vigilante: una cárcel circular en la que los presos no pueden verse ni oírse, pero todas las celdas y corredores son visibles para los carceleros. Era la dictadura de la mirada que creó el letrado británico Jeremy Behtham justo un siglo antes de que se empezara a construir la Modelo. «(El preso) Pierde el poder de hacer ningún mal y aún casi la voluntad de intentarlo», afirmaba. El caso es que creó escuela en toda Europa y en España tuvo hermanas gemelas en Bilbao, Valencia y sobre todo Madrid. Ésta última se destruyó en la Guerra Civil, pero fue reconstruida en Carabanchel y derribada de la noche a la mañana en 2008.
La de Barcelona alberga aún hoy 929 presos, el 80% sin condena. Pero en junio serán trasladados a la nueva prisión en la Zona Franca de Barcelona. Cerca de mil almas. Las últimas que se irán de la Modelo con el olor de su historia pegado a la piel. «El aliento a humanidad no te lo quitas nunca. Olor a comida, a hombre. A sótanos sin ventilar». El historiador Josep María Solé i Sabaté, autor de Historia de la prisión Modelo de Barcelona, cruzó muchas veces sus corredores y es lo primero que le asalta al hablar del penal.
Cuando se construyó, la idea era sacar todo el lumpen que acababa en el presidio del céntrico Raval y llevarlo a las afueras que por entonces todavía era el barrio del Eixample. «Era la universidad del vicio y la depravación. Pero el extrarradio se convirtió en centro», resume Solé i Sabaté.
En sus paredes se escribió la historia de la lucha política y social de todo un siglo. Y algunos incluso intentaron humanizar aquellos muros con algo de arte, como Helios Gómez, destacado muralista republicano que acabó pintando un oratorio cristiano con rasgos gitanos (él lo era) en la celda de la cuarta galería donde esperaban los condenados a muerte.
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Coreografía de sueños
Su hijo, Gabriel Gómez, es hoy portavoz vecinal de la plataforma Fem Nostre LEspai de la Model, que reclama un uso cívico y cultural de esos «golosos» 22.000 metros cuadrados al lado de la Estación de Sants y en el barrio más poblado de Europa. En la vecindad llevan 40 años esperando saber qué será del solar.
De sus recuerdos, Gómez entresaca el día que pudo pasar entero dentro junto a su padre porque se celebraba la festividad de la Mercé, patrona de los presidiarios. Coincidió con el cambio de década entre los 40 y 50, un tiempo en el que aquella jaula era lo más parecido a lo que hoy son esas cárceles brasileñas o asiáticas llenas de jergones y cuerpos apiñados y contorsionados tratando de dormir. «Ninguno tenía cama, usaban colchones extendidos y se ponían del mismo lado para poder dormir. A una voz, todos se daban la vuelta». Incluso dormían en los pasillos. Diez o doce personas en miniceldas de 4 x 2,40 x 3,40 metros que compartían un wáter abierto sin intimidad alguna. El historiador Solé i Sabaté confirma que «tras la Guerra Civil se convierte en la prisión más grande del mundo, con hasta 18.000 internos».
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Bastaba mirar dentro de las celdas para saber qué pasaba fuera. En ellas convivieron anarquistas, republicanos, franquistas, comunistas. Desde el gobierno independentista de Lluís Companys al completo, pasando por el alcalde más duradero de Barcelona, Josep María de Porciolas, la volcánica vida nacional no estaba exenta de que cualquiera acabara probando el viscoso rancho y pasando el rato observando a las ratas.
Y, con el desarrollismo de los años 60 y y el antifranquismo de los 70, la lista de reos derivó en convictos por delitos mercantiles e ideológicos. La dureza del Tribunal de Orden Público la hizo aún más rebosante. Joan Raventós, Jordi Solé Tura, Jordi Pujol... El anarquista Puig Antich fue el último ajusticiado por el humillante garrote vil en marzo de 1974. El etarra Juan Paredes Manot, Txiki, fue fusilado en 1975. Cerraron la larga lista de penas capitales que sufrieron miles de hombres durante su largo siglo de vida.
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Con la democracia, la vida del lugar se hizo habitual en las portadas de los Telediarios. Fugas masivas como la de 1978, en la que 500 presos cavaron varios túneles hasta la calle Roselló, aunque al final sólo lograron levantar la alcantarilla y correr 45. O la de un rebelde Albert Boadella, el director teatral que fue encerrado por homenajear a Puig Antich en su obra La torna de la torna y se fugó después de ser trasladado al Clínico. Detrás llegó la generación rota del Vaquilla o su compinche El Torete. En los años 90 aún hubo tiempo de recibir a los pioneros del pelotazo, como el empresario Javier de la Rosa.
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