
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f. ricós
Lunes, 1 de noviembre 2021, 19:23
«Dame la garrota, tráela para acá». Eran cerca de las 11 de la mañana. Hacía poco más de media hora que se había producido ... el tiroteo y un joven veinteañero de etnia gitana se dirigía decidido hacia el camposanto hasta que lo frenó un conocido suyo, de mediana edad, que estaba acompañado de dos mujeres. El hombre puso su brazo izquierdo sobre los hombros del chaval. El joven miraba al suelo y respiraba fuerte. De tez más clara pero con el mismo acento caló, el caballero de mediana edad dio la vuelta al chaval y lo colocó de espaldas al camposanto. Le habló despacio, al oído y le cogió el bastón que prácticamente le llegaba a la altura del pecho. Se lo entregó sin resistencia. Allí ya no había nada que hacer. Solo quedaban los muertos.
«Y vosotras, marchaos al coche», les ordenó a las mujeres. Les entregó el bastón a las señoras para que lo alejaran de allí.
El garrote estaba sin pulir y no tenía ni una mella. Era grueso, amarillento y bastante más grande y pesado de lo que suele ser habitual en un cayado que sirve para apoyarse y poder andar con menor dificultad cuando falla una pierna
Pero no fue éste el único bastón que salió a relucir por los alrededores, aunque los demás eran algo más ligeros. Posiblemente el objetivo ya no se encontraba en el camposanto y por eso decidieron que no era necesario su estreno.
«Esto va a acabar muy mal», confesaba sus temores un policía local de Torrent a su compañero mientras trataba de impedir que los vecinos pudieran acercarse siquiera a las inmediaciones del cementerio parroquial.
La Policía Local y la Nacional se habían desplegado por la puerta principal del camposanto y sus alrededores. Los accesos estaban acordonados para los viandantes y vallado para impedir el acceso de vehículos.
Las aceras, situadas a poco menos de medio centenar de metros del acceso a la necrópolis, eran un hervidero de curiosos y de gente que aún desconocía que estaba cerrado al público tras el tiroteo. No se permitía el paso al interior del cementerio. En la calle situada a la izquierda, la que va hacia la huerta, se encuentra ubicado el crematorio. Allí una mujer gritaba desgarrada su dolor. No encontraba consuelo ante la pérdida, seguramente de un ser querido. Decenas de personas miraban hacia donde procedía el llanto.
El lamento continuado se mezclaba de vez en cuando con las sirenas de los coches de la Policía Nacional que entraban o salían del recinto acordonado.
El aparcamiento contiguo a la derecha del cementerio también estaba cerrado. Los coches seguían circulando por la rotonda que da acceso al lugar, mientras policías locales y miembros de Protección Civil hacían señales a los vehículos para que no se pararan y siguieran circulando.
«¿Entonces no podemos ir al cementerio?», preguntó una mujer a un policía local sin bajar del coche. «No», le respondieron escuetamente. «¿Y esta tarde podremos ir?» El agente le contesta que no lo sabe, que «ha sucedido un hecho muy grave» pero que no le puede decir más. El agente no le dice que ha habido disparos y que han muerto dos personas a balazos y hay dos más heridas.
«Me parece muy mal que en un cementerio pase esto», afirma otra chica. «Venimos de fuera, de Alberique, y da mucha rabia que no dejen entrar», asegura la más resuelta de las cuatro jóvenes que habían ido juntas a ver las tumbas de unos familiares.
A pocos metros charlan otros dos calés. La conversación gira sobre el tiroteo. Dejan entrever que se trata de un asunto de venganza entre clanes. El más bajo y recio le dice al otro: «si lo tienen que hacer, que lo hagan pero un día como hoy, no. Que lo hagan en otro sitio, otro día».
Otros dos hombres, en apariencia gitanos, comentan que podrían haber buscado otro lugar para desquitarse de un agravio anterior. Y su interlocutor le contesta que sí «pero aquí era muy difícil que se pudiera fallar».
Una pareja se acercó con unas flores. «¿Qué ha pasado?», preguntan. «Ha habido un tiroteo y han cerrado el cementerio», contesta una señora de mediana edad. «Siempre lo mismo. Estoy harta. Nos vamos. Ya venimos el domingo que viene. Y nos evitamos líos. ¿Verdad, Pepe?». Y Pepe asintió.
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