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Cinco meses después Azucena Brisa aún rompe a llorar cuando relata el horror de aquellos días de octubre. De dolor por la pérdida y de ... impotencia por «la injusticia». Ella es una de las víctimas de la dana que ha pasado este martes ante la jueza de Catarroja encargada de dilucidar qué se hizo mal tras la tragedia. El agua se llevó a sus padres, de 71 y 76 años. Otra pieza del dramático puzzle que intenta ensamblar la magistrada.
18.57. Esa es la hora maldita que Azucena lleva clavada. El instante en que llamó a sus padres porque acababa de bajar al perro a la calle «y vi como iba ya de fuerte el agua por mi zona, al lado del barranco». Casi hora y media antes del envío del polémico mensaje Es-Alert. Su mente voló de inmediato a casa de sus padres. Una planta baja junto al salvaje y desvocado Poyo. «Hablé con mi madre y les dije que salieran de casa, que se iba a inundar todo. A mi padre se le oía muy nervioso por detrás. Colgué. Ya nunca más volví a escucharles...».
El desfile de las víctimas ante la jueza sigue tras iniciarse la semana pasada con las primeras comparecencias. La expectación en el exterior de la Ciudad de la Justicia sigue siendo máxima, con la presencia de casi una decena de representantes de medios de comunicación. Azucena narra la historia desgranada ante la titular del juzgado de instrucción número 3 de Catarroja. No sólo expone su sufrimiento. Pide respuestas y responsabilidades. «Aquí hay muchos culpables. Con nombres y apellidos. Y sin grupo político. El que no hizo. Y el que luego no mandó ayuda. Quiero que se les haga justicia a mis padres».
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Después de perder la comunicación con sus padres, Azucena necesitaba «ir a buscarlos». Cuando el agua empezó a bajar, se echó a la calle junto a su hijo. «Su casa estaba destrozada y no había ni rastro de ellos». Se pasó por una residencia a la que habían llevado a los supervivientes de la riada. Nadie sabía nada de ellos. Sus padres aparecieron muertos muchos días después a unos cinco kilómetros de su casa, una planta baja de Picanya junto al barranco del Poyo que se convirtió en una ratonera. Una de tantas desgracias quizás evitables.
«¿Y qué hacías cuando te llegó el mensaje de Es Alert a las 20.11?». La cara de incredulidad de Azucena ante la pregunta de los medios dice casi más que sus palabras. «A esa hora ya estaba mi calle llena de agua y todo con coches por aquí y por allá. Ni podía salir ya de mi casa».
Azucena relata cómo una testigo vio que una ola «alcanzó a sus padres. Lograron salir a flote pero una segunda ola se los llevó», señala ante los medios de comunicación congregados en la Ciudad de la Justicia, con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada por la emoción. «Mi madre no podía ni andar y mi padre la llevaba en brazos», recuerda Azucena, tal y como la testigo le relató al presenciar los últimos instantes con vida de sus padres. Agónico e injusto. «Mi madre se cayó y mi padre consiguió levantarla», añade la vecina de Picanya. Con una imagen grabada: «La vecina me dijo que entonces llegó una segunda ola, el agua...», y la voz de Azucena se rompe por las lágrimas.
La testigo también ha comparecido este martes ante la jueza de Catarroja para detallar como el agua arrastró al matrimonio de ancianos de Picanya. Cómo nada pudieron hacer para evitar la desgracia. Como el mensaje de Es-Alert llegó muy tarde, y además sin indicación alguna a las ya tardías 20.11 de subir a pisos altos, algo que podría haber salvado en todo caso a la pareja de Picanya, de haber sido lanzado mcho tiempo antes.
La mujer recuerda cómo los días pasaban y no daban con los cuerpos de sus padres. Aunque el panorama que la rodeaba en su desesperado rastreo hablaba por sí solo. «Todo lleno de barro, destrozado, pilas y pilas de coches... Ya me imaginaba lo que les había pasado a mis padres». Al final pudieron enterrarlos el 14 de noviembre. Ante la sede de la Justicia valenciana, con la jueza de Catarroja dentro avanzando en la instrucción, Azucena Brisa pide respuestas y responsables.
Ante la jueza de Catarroja declararon ayer otros dos famliares de fallecidos en el dramático 29-O, pero no quisieron hacer ningún tipo de declaración. Una de ellas es una mujer que se aleja de las puertas de la Ciudad de la Justicia negando con el dedo al pedirle los medios de comunicación alguna comparecencia ante las cámaras. «No puedo, no puedo. Mi madre perdió al hombre de su vida y cada vez que ve algo en la tele sobre el tema se pone a llorar. Lo siento, sé que es vuestro trabajo, pero sólo queremos olvidar y que la jueza haga su trabajo», son las únicas palabras de la mujer tras comparecer en el juzgado de Catarroja, alojado desde finales del año pasado en la Ciudad de la Justicia, al quedar arrasada la sede judicial de uno de los municipios más dañados por la dana.
La jueza encargada del caso seguirá esta semana recogiendo testimonios de afectados. El jueves está prevista la comparecencia en el juzgado de víctimas ñigadas a la Asociación de Damnificados por la Dana Horta Sud. Se irán sumando a las descarnadas historias que en los últimos días han ido exponiendo los afectados a la magistrada. Como la de Ernesto Gil, el tío de Elizabeth, una de las tres personas todavía desaparecidas: «A mi hermana se la llevó el agua y a mi sobrina todavía la siguen buscando».
José Luis Picos, que perdió a su padre en Paiporta y que además de un intenso testimonio, aportó la semana pasada a la jueza fotos para atestiguar cómo el barranco del Poyo en ese municipio subió 10 metros en apenas una hora, entre as 17.45 y las 18.45. También él puso el foco en una multitud de responsabilidades. No excusó la de Mazón como presidente de la Generalitat, pero sumó otras. «Hay más gente involucrada en esto», como ayuntamientos de «todos los colores» o la Confederación Hidrográfica del Júcar, encargada del control de los cauces. Las piezas de un tablero que sigue ensamblando casi sin descanso la jueza instructora de Catarroja.
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