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Urgente Un accidente en la A-7 en la zona de Loriguilla hacia Alicante causa ocho kilómetros de atasco hoy viernes
Vicente Delgado limpia un gran fósil de ammonites en su pequeño taller. La mesa y los estantes aparecen repletos de muchos otros fósiles encontrados por el. :: DAMIÁN TORRES
Los fósiles de Loriguilla
Valencia

Los fósiles de Loriguilla

Paisaje y paisanaje. Vicente Delgado, vigilante de la presa, conoce y atesora el pasado geológico de la zona

VICENTE LLADRÓ

Sábado, 29 de enero 2011, 02:11

Vicente te habla del Cretácico y el Jurásico como quien se refiere a la liga de fútbol o muestra reticencias sobre los polémicos recortes del Gobierno. Para el, las huellas que el pasado han dejado en las piedras y en el paisaje que le rodean son pan comido, cosas de andar por casa; tan normales como hablar del tiempo, y te cuenta de ellas con mayor certidumbre que quien barrunta si mañana lloverá o no. Y eso que no estudió, vamos, que no siguió estudios reglados sobre la materia. Es un autodidacta, un fenomenal autodidacta.

Vicente Delgado Huertas es de Tomelloso (Albacete), una de las ciudades manchegas que son capitales del vino, y desde hace casi treinta años está empleado en la Confederación Hidrográfica del Júcar. A su cargo está la vigilancia y determinadas tareas de maniobra y mantenimiento en la presa valenciana de Loriguilla, sobre el río Turia, donde vive la mayor parte del año y ha desarrollado una afición asombrosa por los fósiles que, por sus magníficos logros, ya hace tiempo que rebasó los límites que podría soñar un gran profesional y seguramente está en los niveles de un gran docente. Porque Vicente tiene mucho que enseñar, aunque se empeña en decir que, al contrario, tiene mucho que aprender, y adelanta que «cualquier día comienzo a buscar libros especializados y me pongo a redondear el trabajo, empapándome bien de qué es cada cosa y cuál es su historia y su edad geológica, para catalogar lo mejor posible todo esto».

Todo esto son miles y miles de fósiles de todo tipo. Quizás diez mil, posiblemente más. Nunca los ha contado, simplemente los encuentra con suma facilidad, los limpia, los clasifica en la medida que puede, algunos los pule, a muchos les coloca una pequeña peana de mármol y los deja en estanterías, y otros esperan a que les llegue el momento, amontonados en cajas, capazos y tinajas; los deja donde puede, hasta que tenga un rato para ellos.

La colección que atesora Vicente Delgado es un museo increíble, de un gran valor, y merece contar enseguida con la máxima atención académica y política, porque él mismo desea que todo ello se enseñe y sirva para que pequeños y grandes se maravillen viéndolo y aprendan, pero apenas se han interesado por su obra un profesor universitario, que hace tiempo que no da señales de vida, y el alcalde de la cercana población de Losa del Obispo, Benjamín Aparicio, que le prometió dedicar unos viejos locales de la cooperativa para un museo que albergue estos miles de fósiles. Pero Vicente siempre advierte que «no dejaré ninguna pieza que antes no haya sido debidamente revisada y catalogada por especialistas, porque de lo contrario ya sé lo que puede pasar: se lo llevan con las mejores intenciones y luego igual queda amontonado en cualquier parte. Para eso, que sigan conmigo».

Frente a la terraza de la casa del vigilante de la presa de Loriguilla se extiende la lámina de agua del embalse, grisácea, como el cielo nublado. Vicente mira a lo lejos, a los verdes pinares, y sentencia: «Aquella parte es del Fordiense, del Jurásico; por allí salen rocas con mucho microfósil, y también Belenites». Luego nos fija la atención en un puñado de piedras ferrosas que tiene apiladas allí al lado y nos parecen restos de alguna industria siderúrgica, y nos suelta: «Son meteoritos». Y a renglón seguido, como nota nuestra sorpresa, remata la faena: «Las rocas de por aquí están salpicadas de innumerables meteoritos pequeños; debió de haber una lluvia colosal, inmensa, a lo mejor relacionada con la caída de un gran meteorito, de los que provocaron enormes cataclismos, como el que cayó en Yucatán y fue el fin de los dinosaurios». Luego nos va señalando sillares que componen escaleras y balaustradas alrededor de la presa y de las construcciones de la misma, con abundantes huellas ferrosas que, efectivamente, son pequeños meteoritos incrustados en la piedra. «Esta roca era, hace 150 millones de años, el fondo marino -explica-, y al caer los meteoritos ferrosos se enfriaban en el agua y se clavaban en el cieno formado por trillones de caparazones calcáreos de microorganismos».

Donde cualquiera ve piedras y nada más que piedras, Vicente descubre fósiles, meteoritos o geodas. Tiene hasta maderas fosilizadas, y le basta meterse por un camino paraescudriñar los estratos y encontrar algo. Nunca vuelve de vacío. De joven fue espeleólogo, y cuando empezó en la presa le dio por buscar alrededor, en el pico Ropel, por las cercanías de Chera, o detrás de los Baños de Verche, «porque no me gusta ir a la montaña sin hacer nada». Y allá donde fija la mirada, encuentra una huella que al final es algo. Como una vez, en Tragacete, que le dijo a la familia: «por ahí encontré una vez fósiles, y pillaron más de cien cada uno, y yo varios cientos». Y lo mismo le ha ocurrido en sucesivos viajes de vacaciones por Soria, Cádiz, Córdoba...

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