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Sábado, 3 de septiembre 2011, 02:31
José Riera Quilis es, probablemente, el que mejor conoce la plaza de la Fonteta de Sant Lluis y la fuente misma. Sus bisabuelos se instalaron en las inmediaciones de la parroquia probablemente hace un siglo. «Venían de la huerta de Patraix y se instalaron aquí», dice José, que regenta ahora una pequeña empresa de construcción y albañilería ubicada en una de las plantas bajas que enfrentan a la parroquia. «Esta casa era de mis abuelos», dice señalando una vivienda de clásico aire rural, que está ya muy cerca del Grupo Escolar. Le comentó que a lo mejor fue la hospedería de la que hablan las crónicas y me informa que «no, eso fue la escuela de la pedanía, donde iban a clase los pequeños». Ahora es de la Diputación, que no se sabe qué hará con ella cuando pasen las angustias de esta crisis. Frente a ella, adosada a la torre y a su templo, esta «la Casa del Rector», una típica edificación de nuestros pueblos más entrañables. La asociación de Amas de Casa Tyrius tiene cedida la planta baja.
Sencilla, tranquila, la plaza serviría para el rodaje de 'l'Alquería Blanca', cambiando apenas las papeleras municipales. Nadie diría que a doscientos metros está el Bulevar Sur y que la Ciudad de las Ciencias, y el nuevo hospital La Fe, están a un tiro de piedra. Junto a la iglesia hay una casa, con las ventanas y los balcones tapiados para protegerlas de intrusos, y enjalbegada desde el suelo a las tejas, como un sudario protector.
-¿A quién tendría que llamar para comprar esa casa si me hubiera tocado la Primitiva?
-Ya no, ya la han comprado. Unos de fuera. ¿Ve al lado el hueco que hay? En su día hubo una casa que era de unos de Manises, los ceramistas que hicieron esos retablos de Sant Lluis Bertrán.
El santo, como es sabido, fue a tomar las aguas y las bendijo en el año 1579. La sed que habitualmente sufría, seguramente propiciada por alguna enfermedad o carencia, quedó saciada. En una de sus visitas un enfermo de calenturas le pidió su bendición; pero él le recetó una toma de las aguas que el enfermo se resistía a probar. Fueron aguas salutíferas porque el enfermó sanó, como recuerda uno de los retablos circulares, instalados en la fachada del templo como óculos.
«La portada de acceso a la iglesia es adintelada con remates en sus extremos de adornos barrocos y en la parte superior se abre una hornacina en la que está colocada una estatua de San Luis Bertrán», escribe el padre Corbín en su libro 'Ruzafa, la bien plantada'. La ermita, que sin duda encerraba el milagroso manantial, creció con el tiempo. Cientos de personas acudían paseando por los caminos de la huerta hasta la Fonteta por antonomasia. Por eso, la ermita se convirtió más tarde, en el año 1902, en la iglesia parroquial de un barrio valenciano que había crecido de forma extraordinaria. El templo actual, de doce capillas, una de ellas dedicada a San Luis Bertrán. Un airoso campanario, construido en las líneas que caracterizan los del siglo XVIII valenciano, da personalidad al templo, que hoy tiene delante una bonita plaza ajardinada. Un franciscano, fray Meceo Company, fue el encargado del proyecto y de su realización. El resto de la información la proporciona José Riera Quilis:
-Ahí, en ese retablo de cerámica, están los nombres de todos los clavarios que pusieron en su día el reloj de la torre. Tiene cuatro esferas, para que se viera bien la hora en todas las huertas del término. Como puede ver, los Riera, mi familia, están en la lista de los que pagaron el reloj.
-¿Y la fuente ha estado siempre en el mismo sitio?
-La fuente manaba bajo tierra, de los cimientos de la torre. Se bajaba por una escalerilla. Pero eso ya lo taparon, lo cegaron todo. Y fue hacer eso y empezar a brotar el agua por una acequia muy grande que pasaba por aquí mismo.
-¿La de Na Rovella?
-Pues no lo sé. Ahora, mire las trapas, está tapada. Pasa por aquí mismo y debe ser la alcantarilla. Pero, vamos, que el manantial se fue por otro lado. Las aguas que manan ahora en la Fonteta, potables, son, por así decirlo, de origen municipal.
-El retablo que hay ahora lo puse yo. Lo pagamos los clavarios y lo instalé yo mismo, que soy albañil. Ahí está escrito, en el año 1989.
Las buenas familias campesinas, agradecidas al santo, miran al cielo con devoción. De tanto tocarlo y tocarlo, la carita de San Luis Bertrán se ha borrado: el esmalte de la cerámica ha dejado paso a una mancha de barro cocido.
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