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F. P. PUCHE
Jueves, 12 de diciembre 2013, 13:33
Nació envuelto en polémica. Porque, si bien a todos les venía cuesta arriba, una parte de los vendedores se hizo el ánimo y afrontó la inversión que suponía el traslado; pero otra, más timorata o conservadora, no quiso dar el salto. El caso es que el domingo, 15 de diciembre de 1963, el alcalde Rincón de Arellano inauguró el nuevo mercado de la plaza de Rojas Clemente, destino último de los vendedores de un mercadillo de puestos desmontables, el de la plaza de San Sebastián, que se había quedado anticuado a todas luces.
Los nuevos tiempos reclamaban higiene, luces, limpieza y cámaras frigoríficas. La cadena Superette, los nuevos supermercados, tenía ya tres establecimientos en Valencia; y todo anunciaba una revolución en materia de venta de productos alimenticios. De modo que el Ayuntamiento tomó el modelo barcelonés de Les Corts y en cinco meses -del 10 de julio al 10 de diciembre-la iniciativa privada levantó un nuevo mercado para los 200 vendedores con licencias de venta en el corazón del distrito Botánico. El promotor fue el empresario Eusebio Santos Martínez; los arquitectos, los asociados en la firma Anglada, Gelabert y Ribas. Y el coste total de la construcción, treinta millones de pesetas.
Como el periodista Ricardo Dasí, Junior, contó en nuestras páginas, hubo una intensa, humana controversia. «¿Cómo voy a pagar ese puesto en el nuevo mercado? Nos quedaremos aquí, en el mercadito», decía unos. «Nos vamos sabiendo que es una aventura», argumentaban otros. Unos estaban hartos de pasar frío y aguantar lluvia y se hacían el ánimo; otros, reflexionaban ante las condiciones financieras del plan propuesto. Que para unos eran inabordables: «Se creen que vamos a ser millonarios y podremos pagar en dos años», decían los pesimistas. «Nos dan facilidades y hay que ser decididos», remachaban los emprendedores.
El día 20 de diciembre, en puertas de la Navidad, el mercado de Rojas Clemente comenzó a trabajar de buena mañana. Había 88 puestos dobles. Para frutas y verduras, para huevos, salazones, fiambres, panadería y bollería; había dos o tres pescaderías con buenas cámaras, expositores bien iluminados para los cortes de carne y para los embutidos. Había también dos bares, una oficina del Banco de Bilbao, entidad que financiaba la operación general, y algunos locales para productos no alimenticios.
Aunque lo más importante es que el comercio se realizaba a cubierto, que el sótano albergaba almacenes y cámaras frigoríficas para todos y en la primera planta había oficinas para el departamento municipal de Mercados. Incluso, puestos a ser realistas, era preciso valorar que en el nuevo mercado había lo que nadie tenía en el tercermundista mercado al aire libre de la plazuela de San Sebastián: unos lavabos dignos, para vendedores y para clientes.
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