BORJA OLAIZOLA
Viernes, 7 de marzo 2014, 01:11
Que el cuerpo de Walt Disney había sido congelado para devolverlo a la vida cuando los adelantos médicos lo hiciesen posible fue una de las leyendas urbanas más exitosas del pasado siglo. Aún hay quien sigue convencido de que el genial dibujante que creó al ratón Mickey 'resucitará' algún día, a pesar de que hay evidencias de que fue incinerado al poco de morir. La criogénesis, como los ideales o la religión, es cuestión de fe y ya se sabe que en tales asuntos la razón no cuenta demasiado. Que se lo digan a las autoridades de la pequeña ciudad noruega de Longyearbyen, en las islas Svelbard, que desde hace 70 años prohíben los enterramientos en su término municipal en previsión de una avalancha de incondicionales de la congelación de sus propios cadáveres.
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Lo ha contado el escritor Javier Reverte, viajero impenitente y buen conocedor de los territorios más septentrionales del planeta. Todo empezó cuando una expedición científica organizada para encontrar una vacuna contra la gripe de 1918, que causó más víctimas que la Primera Guerra Mundial, se aventuró hasta este remoto rincón del globo, situado a un millar de kilómetros del Polo Norte. Los biólogos intuían que si en algún lugar podía haberse conservado el virus, no podía ser otro que en las Svalbard, unas islas que debido a su situación viven permanentemente a temperaturas bajo cero. La expedición rebuscó entre los cadáveres enterrados de unos marineros y consiguió su objetivo. De paso comprobó que los cuerpos de los fallecidos se mantenían en un sorprendente buen estado debido a la enorme capa de hielo que rodeaba sus tumbas.
La creencia en la criogénesis vivía por entonces sus mejores años y las islas no tardaron en empezar a recibir a los primeros visitantes deseosos de instalarse en ellas. Casi todos eran enfermos o ancianos a los que les quedaba poca vida, que esperaban su turno para ser enterrados en tierra helada. El frío glacial impediría la descomposición de sus cuerpos, que lucirían todo su esplendor llegado el día de la 'resurrección' propiciada por los avances médicos. Vamos, una criogenización en toda regla, con la ventaja añadida de que el procedimiento, totalmente natural, no tenía coste alguno.
Alarmados por el creciente flujo de aspirantes a la ansiada vida eterna por la ruta polar, las autoridades de las islas ordenaron hace setenta años el cierre de los cementerios y decretaron la prohibición de cualquier inhumación. Si alguien se muere en Longyearbyen, se mete el cuerpo en el ataúd, se embarca en un avión y se traslada a un cementerio del continente. La medida se aplica a rajatable, escribe Reverte, que recuerda incluso que en los accesos a los edificios no hay rampas para las sillas de ruedas porque los ancianos con minusvalías no son bienvenidos en la ciudad.
La utopía soviética
El veto a la muerte no es la única peculiaridad del archipiélago, el lugar más al norte del globo que reúne a un asentamiento humano de más de 1.000 habitantes (Longyearbyen, que es la capital, suma una población de 1.600 vecinos). Pese a que pertenece a Noruega en virtud de un tratado de 1920, hay varias reclamaciones territoriales sobre las que la ONU todavía no se ha pronunciado. Entre ellas destaca la de Rusia, que explotó durante décadas los yacimientos de carbón del archipiélago y que aún mantiene una mina en activo, la de Barentsburg, donde se asienta una colonia de unos 400 rusos entre trabajadores y funcionarios.
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Muy cerca de allí se alzan los restos de Pyramiden, llamada a ser la ciudad de la utopía soviética según los planes de Stalin. El régimen comunista planificó y ejecutó en aquel remoto lugar una urbe que debía ser el emblema de la URSS y en la que la abundancia de carbón permitía a sus habitantes comodidades vetadas al resto de sus compatriotas: piscinas climatizadas, cálidos invernaderos donde se cultivaban todo tipo de verduras y acogedores establos donde el ganado se multiplicaba sin problemas. Pyramiden, abandonada tras el derrumbe de la URSS, es hoy una ciudad espectral cubierta por la nieve y el hielo. El busto con la cabeza de Lenin que se alza en una de sus desoladas avenidas es probablemente el último vestigio de la incontestable hegemonía que ejercía la Unión Soviética en territorio ártico.
El intenso frío de Svalbard, como se ve, deja en suspenso cuerpos humanos y hasta proyectos políticos. No es extraño que sea precisamente allí donde se ha construido el almacén que guarda variedades de todas las semillas que se conocen en el mundo (más de cien millones). Es un refugio horadado en una montaña de roca a prueba de bombas nucleares y movimientos sísmicos. Se conoce por eso como la Bóveda del Fin del Mundo, aunque hay también quien prefiere llamarlo el Arca de Nóe de las Semillas. Pura criogénesis vegetal, vamos.
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