Tiempos de adrenalina. De subidones. Recompensas rápidas. Es normal, por tanto, que cada vez sea más evidente que a los políticos lo que les va ... son las elecciones. Ganarlas, claro. Especialmente a sus equipos asesores, que luego se solazan en las victorias y las atribuyen a estrategias sesudas, que sólo les falta reclamar el Nobel de Física y Química Política. Lástima que entre medio de todo eso haya que gestionar, o que hacer oposición. Eso parece que les aburre más, o les desgasta más. Gobernar supone doblarle el pulso a la burocracia, esa nube negra repleta de gente que, precisamente, no quiere que la Administración se aligere demasiado porque entonces ellos serían menos imprescindibles. Aquí todo el mundo queremos nuestra cuota de protagonismo, pero que se desgaste el vecino.
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En los últimos años da la sensación de que el poder Ejecutivo está pasado de rosca. No han sido tiempos fáciles. Al contrario, han sido muy complicados. Pero ojo, que se presentaron a las elecciones. Querían gobernar, o eso dijeron. Tal vez sólo querían ganar. Los que pierden llevan años (décadas) empleando diversas tácticas, colando mensajes, para negar la legitimidad de los que ganan. Ganar o perder, entiéndase como gobernar. Eso se traslada al ciudadano, que desconfía de sus ejecutivos. En primer lugar, si pertenece al bando perdedor. En segundo, porque durante décadas se concibió el poder como un espacio muy alejado del ciudadano, que se desliga, pierde fe e ilusión en sus gobernantes. El desprecio se paga con despecho. Factores como la corrupción alimentan esa desafección. Resultado: que a los líderes políticos les 'ponen' las citas electorales mucho más que las citas de gestión, esas donde se toman decisiones. Resultado del resultado: que un Gobierno tenga el cuajo de decidir hoy que no y mañana que sí, que un ciudadano puede elegir qué vacuna le ponen contra el coronavirus. O que un Gobierno silbe cuando finaliza el estado de alarma y lo fíe todo a lo que entienda, bien o mal, un tribunal, a la hora de permitir o impedir la puesta en marcha de un toque de queda. El Ejecutivo central le pasa la patata caliente a gobiernos autonómicos al albur de los tribunales.
Todos tenemos nuestra parte de culpa en este anómalo funcionamiento de los poderes públicos. Los valencianos, que ahora sacamos pecho, pasamos la Navidad a nuestro libre albedrío, y nos convertimos en la región con mayor incidencia del coronavirus. No hemos demostrado ser cívicos, sino obedientes. Lo malo es que se obedece a un poder que difumina y esquiva su responsabilidad y que, además, no es siempre elegido por los que obedecen.
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