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Matones de playa

Matones de playa

EL ESTADO DE LA COMUNITAT VALENCIANA ·

Yo vi caer a un roble de dos metros y 120 kilos presa del Covid. Los chavales que retozan felices sin mascarilla no son más fuertes. Ni los timoneles que dudan con las medidas

Arturo Checa

Valencia

Domingo, 31 de enero 2021, 07:41

El roble. Corrían los últimos días de marzo. Yo llevaba alrededor de una semana encerrado en una habitación. Presa del entonces más desconocido Covid. Preso del temor a que los apenas inexistentes síntomas que tuve se complicaran. Preso aún más del miedo de contagiar a mi familia. Fueron tres semanas inciertas en las que afortunadamente nada de eso pasó: mi cuerpo logró mantener a raya al virus y ninguno de mis seres queridos cayó en sus garras. Pero aquel tiempo aislado me sirvió para acabar comprobando una cosa. La enorme fragilidad del ser humano.

En aquellos días vi cómo caía un roble. Un roble de 2,02 metros de altura y 120 kilos de peso. De 48 años, ningún chaval pero tampoco un anciano. Exdeportista profesional y de vida sana. A través de las redes sociales, una de las pocas ventanas al mundo que tuve en aquel periodo, fui testigo de cómo el 'perro negro' le atizaba dentelladas a Alfonso Reyes. Así bautizó él mismo al coronavirus. El exjugador de baloncesto del Estudiantes, Real Madrid y de la selección española empezó con síntomas en casa y acabó en el hospital. Con oxígeno y una neumonía bilateral. Pasó noches en vela. Peleó un mes contra el 'perro negro'. Y miró «directamente a los ojos de la muerte».

Los mentecatos. Hoy sigo recordando aquello. Y nunca lo olvidaré. Desgraciadamente cientos de personas sí lo hacen a diario. Como los descerebrados que durante dos jornadas han atestado las playas de Valencia e incumplido las medidas que prohíben grupos de más de dos personas. Sin mascarilla, abrazándose, jugando y charlando desprovistos de protección alguna. Viviendo, cierto, como todos queremos hacer. Pero con su malvivir pueden matar. Contagiar. Acaban convertidos en matones de playa.

Recupero el caso de Alfonso Reyes para reflexionar acerca de cómo nadie está a salvo del 'bicho'. La juventud no es un seguro de vida. Aunque lo crean esos cientos de chavales que jueves y viernes se reunían y abrazaban felices en Las Arenas. No hace falta fijarse en famosos. Cualquiera conoce casos como el de un compañero: su hermana, con una veintena de primaveras, acabó en el hospital con neumonía. Y los matones de playa, matan y mueren.

La indecisión. El viento decidió ayer por las autoridades municipales y estatales, dudosas acerca de si cerrar o no los arenales. El vendaval vació la playa y todo indica que también lo hará hoy. Pero el episodio sirve para volver a comprobar la falta de criterio conjunto. Nueva guerra entre PSPV y Compromís en las redes. Que si cerramos o no las playas. Que por qué no hacer lo mismo con los centros comerciales. Que si tú piensas en la 'pela' y yo en la vida. Otra tangana de barra. Y mientras, los hosteleros languideciendo. La Comunitat, la región con mayor tasa de contagios de toda Europa. Y la estrella Simón otra vez de estrellado: «No tenemos detalles de qué ha pasado». Todo un estadista.

Y ahora llegan las mascarillas obligatorias para hacer deporte y pasear por las playas. ¿Por qué sí ahora y no desde el principio? Y ojo, de diez de la mañana a siete de la tarde. ¿A primera hora y última del día, no hay virus o es que nadie practica ejercicio? La medida se antoja de nuevo no muy pensada. Tan poco como los juicios del desconcertante Simón. «La Comunitat puede estar en una fase de desaceleración de la pandemia». Desde las trincheras de La Fe le contestó el jefe de la unidad de Enfermedades Infecciosas: «No se le ve el pico a la mortal tercera ola». Sin timoneles de pulso firme no se superan las tormentas.

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