Urgente Muere el histórico promotor valenciano Salvador Vila

El aullido de la nevera vacía me indica que irrumpe el triste momento de reponer los mínimos víveres para seguir viviendo. Entonces salgo a la ... calle y camino con el disimulo que emplearía para acudir a una casa de lenocinio. Me acuchilla una extraña sensación de vergüenza absurda cuando tengo que atravesar los lineales con los productos en posición de firmes. Los actos vinculados a la intendencia doméstica me aplastan por su vulgar rutina, por su eterna repetición, por su perfume a coliflor, como quien dice.

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Y por eso, cuando piso la calle, sujeto la bolsa arrugada en la mano, escondiéndola, pues temo que, si me descubren, se reirán de mí y vociferarán algo así como «mira, otro pringado que va a la compra, pobre...» Ayer sufrí uno de esos trances. Justo en la terraza de enfrente de mi edificio yacían cuatro tipos sobre unos taburetes. Observé sus copazos. Gintónics. Observé sus rostros despreocupados, alegres. Observé con cierta envidia. Uno de ellos me reconoció: «Palomar, vente con nosotros y tómate algo...» Sonreí. Saludé con la mano. «No puedo, tengo ahora un lío... ya me gustaría», murmuré a modo de excusa. Caminé abochornado y entonces seguí observando. Observé que todas las terrazas hasta alcanzar el supermercado estaban petadas de peña que tardeaba feliz, risueña, sonriente, relajada. Observé muchas copas. Más gintonics, y cubatas, y birras, y de todo. La felicidad general que me rodeaba fertilizaba mi tristeza. De regreso a mi cueva, con la dichosa compra, todavía tenía que currar un rato, y el personal ahí desparramado, sin ningún tipo de esclavitud, abrazando el libertinaje. Entonces pensé que, a lo mejor, algo fallaba en mi vida si no podía permitirme el lujo de vaguear una tarde entera con el vaso en la mano para hidratar las entrañas. Al subir a casa me serví un whisky. Qué menos. De ese modo amortigüé la tontería.

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