Nunca un punto, de penalti y casi al final, en casa y contra un rival como el Rayo había sido tan celebrado como el de ... este lunes. La de vueltas que da esto. En otros tiempos, en una situación similar, el césped se hubiera llenado de almohadillas, la grada de pañuelos y el palco de vergüenza. Pero los despropósitos de unos y de otros han empujado a que este Valencia, sobreexcitado por sus propias necesidades, tenga que hacer una extraordinaria demostración de energía para compensar de alguna forma sus propias miserias. A Mestalla no se le puede poner ni un pero. Casi cuarenta mil aficionados un lunes, conscientes de que el equipo se mueve siempre al filo de la navaja y resignados cuando pitó el árbitro a darse con un canto en los dientes con ese penalti casi milagroso –con el VAR nunca se sabe– pero totalmente justo que evitó el harakiri.
Publicidad
Que nadie se vaya a creer que estar hoy fuera de los puestos de descenso es sinónimo de que ya está todo hecho. Machaconamente, el Valencia se vació hasta la extenuación para al menos no naufragar el día que todo lo tenía de cara por cómo se habían dado los resultados del resto de competidores, pero el equipo no da para más. Tan preocupante es ver cómo comete trágicos despistes atrás como observar que necesita poco menos que un milagro para al menos rematar entre los tres palos. Por eso, no extraña que Baraja no sepa en ocasiones ya qué maquinar para enterrar esa ineptitud que demuestran sus delanteros para hacer gol. Baste para ello ver que ni con Cavani se resuelve este problema. El uruguayo, de hecho, fue uno de los más flojos de todo el equipo y su aportación fue tan nula que a falta de media hora para el final, a Baraja no le quedó otro remedio que quitarlo del terreno de juego. A él y a un Hugo Guillamón al que Mestalla volvió a ajusticiar sin piedad aunque con apuntes razonables.
Noticia Relacionada
Lo difícil, en cualquier caso, fue reponerse del tiro que se pegó el Valencia a los nueve minutos de juego. En un centro largo que aparentaba fácil para que la defensa resolviera, entre Cenk y Gayà permitieron que Comesaña hiciera lo más difícil teniendo en cuenta que casi estaba pisando el punto de penalti. Controlar el balón y ajustarlo. La facilidad del rayista fue de tal calibre que volvió a dejar en evidencia a un entramado que sigue totalmente descosido. Con muy poquito, al Valencia le dejan con las vergüenzas al aire. Comseñana, dicho sea de paso, estuvo listo. Aprovechando que Nico no le siguió en esta acción ni en las posteriores, buscaba siempre acercarse al central sabedor de que el Valencia lleva toda la temporada demostrando que tiene una pareja –da igual quien juegue– tan inconsistente que no hay por donde cogerle. Cada vez que el balón circulaba por los pies de Diakhaby y Cenk, en la grada se escuchaba un temeroso murmullo de desaprobación que acabó por contagiar a Mamardashvili. Y eso que el Rayo apenas hizo ya para molestarle. Sólo al final tuvo que intervenir el georgiano, ya cuando el Valencia estaba totalmente desbocado.
Porque, para borrar ese inquietante 0-1, hubo que sudar de lo lindo. Gayà se hartó de meter balones, unos con más acierto que otros, lo mal es que nadie supo cómo interpretarlos. La hiperactividad de Kluivert le valió ser con diferencia el mejor del partido. Metió un balón al poste tras un servicio de Gayà y siempre tuvo claro cómo buscarle las cosquillas a la defensa rayista. Lástima que Lino no le acompañara al mismo nivel y que Cavani se mantuviera en una duda preocupante. El Valencia no puede permitirse el lujo de tener al uruguayo semidesconectado, es posible que el fútbol que genera el equipo no sea de su satisfacción y necesidades, pero a veces hay que arremangarse y meterse en el lío.
Publicidad
Fue, de hecho, lo que hizo todo el grupo a partir del descanso. El Valencia creció desde la intensidad más que desde la coherencia, pero fue suficiente para meterle cierto miedo en el cuerpo a los madrileños. Poco a poco, el Rayo se fue encerrando en su área y los movimientos de piezas de Baraja al menos elevaron un par de tonos el nivel de su gente. Aunque el técnico se encargó también de pedir el apoyo de la grada, la afición tuvo claro que con su aliento podía compensar esa falta de lucidez que se palpa con cierto descaro en la gente de arriba. La volvió a tener Kluivert, tras un centro de Samu Castillejo que obligó a Dimitrievski a meter su guante izquierdo pero eso hizo que la tensión subiera todavía más. La cabezonería a veces también tiene premio y aunque es verdad que hay jugadores que están cogidos con pinzas –el mismo Thierry, por ejemplo– la noche era propicia para no acabar en depresión.
Por eso, se gozó como nunca que Figueroa Vázquez –otro que también hay que darle de comer aparte– pitara un penalti que nadie supo muy bien cómo interpretar. Conociendo a Diakhaby, todo podía pasar, pero la imagen de televisión demostró que la deslavazada caída del central en el intento de remate sólo era fruto de su habitual manera de interpretar el fútbol. Aún así, le hizo picar el colegiado, que cuando vio la imagen después en el monitor rectificó de inmediato. Menos mal que después sí le avisaron del brazo de Balliu en el remate de Lino. Tras un ligero debate sobre quién lo tiraba, Kluivert tuvo claro que era su noche.
Suscríbete a Las Provincias: 3 meses por 1€
¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión
Te puede interesar
Publicidad
Utilizamos “cookies” propias y de terceros para elaborar información estadística y mostrarle publicidad, contenidos y servicios personalizados a través del análisis de su navegación.
Si continúa navegando acepta su uso. ¿Permites el uso de tus datos privados de navegación en este sitio web?. Más información y cambio de configuración.